miércoles, 17 de enero de 2007

Dejar de no vivir


El pasado viernes Madeleine Z., que padecía una enfermedad degenerativa (ELA, Esclerosis Lateral Amiotrófica), decidió quitarse la vida. En sus últimas horas estuvo acompañada de una amiga y de dos voluntarios de la asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD). Madeleine tomó la decisión de abandonar este mundo cuando fue consciente de la gravedad de la ELA, cuyos efectos fueron limitando cada vez más su vida y amenazaban con empeorar a medida que fuese avanzando su enfermedad. Había solicitado la eutanasia o suicidio asistido a varios de sus médicos, pero las leyes españolas no lo permiten, por lo que decidió acudir a DMD para buscar asesoramiento y apoyo. En la asociación le proporcionaron información sobre diversos métodos para conseguir una muerte digna, pero la decisión fue sólo suya. En DMD aseguran que la mayoría de las personas que acuden a ellos finalmente no se suicidan. Se conforman con saber que existe una alternativa si el sufrimiento se hace insoportable. Pero una minoría, como Madeleine, decide llegar hasta el final. ¿Por qué? La propia Madeleine lo explicó en una contundente frase: "Quiero dejar de no vivir". Cuando la vida deja de ser vida, cuando se convierte en un penoso tormento que no cambiará, el suicidio se convierte en una liberación para el que sufre. Muchas veces se acusa a los suicidas de egoísmo, de pensar sólo en aliviar su sufrimiento y no en el dolor que su decisión causará a los que les quieren. Pero ¿tiene sentido seguir sufriendo y continuar causando dolor a los demás? ¿No se sentirán también liberados con la muerte quienes no pudieron hacer nada por aliviar el sufrimiento de quien ya se consideraba un muerto en vida? Dice una canción que "vivir no es sólo respirar".¿Hasta qué punto tiene sentido seguir respirando? Para mí la respuesta es clara: sólo si existen motivos para pensar que vale la pena estar vivo. En la película argentina Caballos salvajes Héctor Alterio interpretaba a José, un viejo anarquista que había perdido las ganas de vivir y emprendía una huida en la que le importaba poco arriesgar la vida. A lo largo de su viaje José va encontrando motivos y personas que le hacen recuperar la fe en el ser humano y, en uno de los momentos más emocionantes del cine que recuerdo, grita frente al mar: "!La pucha, que vale la pena estar vivo!". Ahí está la clave: en encontrar sentido a levantarse cada mañana, encontrar personas que conviertan cada día en un tiempo que merece ser vivido, conservar las fuerzas para afrontar todo lo que vaya llegando. Así sí vale la pena.


- El caso de Madeleine Z. en El País:


- Web de la asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD)


- Sinopsis de Caballos salvajes:


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