sábado, 16 de febrero de 2008

El maquiavélico sistema electoral español


En la sección "Tribuna" del diario El País de hoy el profesor Jorge Urdánoz Lanuza trata el tema del injusto sistema electoral español, que califica de maquiavélico. Basa sus argumentos en que el sistema privilegia a los dos grandes partidos, otorga distinto valor a los votos según la provincia en la que se emitan y condena a que el voto de muchos ciudadanos vaya directamente a la "basura", porque nunca servirá para que sus opiniones obtengan portavoces que los representen. Urdánoz reclama una reforma que no quede en manos de los políticos de los grandes partidos, principales beneficiarios del sistema tal como está. Cabría preguntarse si vale la pena ir a votar en estas circunstancias. Y la respuesta parece bastante clara.


El maquiavélico sistema electoral español
JORGE URDÁNOZ GANUZA 16/02/2008

El sistema electoral español es infinitamente más original de lo que parece a primera vista, y es bastante maquiavélico". Quien así habla no es ni un desinformado ni un antisistema resentido, es Óscar Alzaga, uno de los padres del propio sistema. Los dos adjetivos que utiliza describen a la perfección la criatura que él y otros miembros de la UCD alumbraron durante la Transición y que todavía perdura.

Su originalidad es tal que los especialistas no acaban de catalogarlo. Aunque la Constitución habla de "representación proporcional", lo cierto es que las desproporciones en los resultados son de las mayores de la escena internacional. No sólo no se garantiza una proporción más o menos ajustada entre votos y escaños, es que ni siquiera se salvaguarda el mero orden en el que los votantes colocan a los partidos: una formación con menos votos que otra puede conseguir más escaños. Por eso muchos estudiosos del sistema no lo consideran proporcional sino mayoritario atenuado.

Pero un sistema mayoritario se caracteriza por sobrerrepresentar al partido ganador facilitando así que forme gobierno. Y nuestro sistema no siempre beneficia al primer partido: en 2004 las elecciones las ganó el PSOE, pero el más beneficiado fue el PP. Mientras los votantes socialistas recibieron un 3.3% de escaños por encima de lo que hubiera sido proporcional, los populares se vieron agraciados con un 3.7%. De hecho, con el actual empate técnico puede suceder que el PP quede segundo en votos pero primero en escaños, perdiendo y ganando a la vez las elecciones (¡!). Las más elementales leyes de la semántica impiden denominar "mayoritario" a un sistema que posibilita semejante resultado.

Entonces, ¿qué es? Bien, ya se ha dicho: es original. De hecho, lo es tanto que puede afirmarse que su esencia consiste en su inexistencia. El "sistema electoral español" es una construcción meramente verbal que carece de una realidad empírica a la que aplicarse con sentido. Lo que hay son 52 sistemas electorales (50 por provincia más Ceuta y Melilla). Los sistemas en los que se eligen muchos escaños son proporcionales. Los sistemas en los que se eligen 3, 4 o 5 escaños no. La ciencia política suele estimar que estos últimos tienen efectos "mayoritarios", algo que a mi juicio no merece el noble principio de mayoría. Por eso, si me permiten la licencia, yo les voy a denominar "distorsionantes". Porque lo que hacen esos sistemas es distorsionar, y por partida doble y superpuesta.

Pensemos en Teruel, con 3 escaños. Un sistema así distorsiona en primer lugar el propio voto de muchos ciudadanos. Un voto útil no es otra cosa que una emisión de preferencias distorsionada: "Yo prefiero A, pero he de votar por B". Y distorsiona, en segundo lugar, los resultados. Porque el reparto de escaños va a ser prácticamente siempre de 2 a 1 -aunque el partido vencedor lo sea sólo por un voto- y porque todos los votos a terceros partidos se quedan sin representación.

Conviene entonces no claudicar ante la magia de las palabras: no hay "un sistema electoral español", y es preferible hablar, como empiezan a hacer los especialistas, de "los sistemas electorales para el Congreso". La imagen mental adecuada no es la de una entidad más o menos unívoca, sino más bien la de una escala. Una escala en la que se sitúan 52 posibilidades y cuyos límites son por un lado la distorsión y por otro la proporcionalidad.

Soria, con 2 diputados, es un extremo de esa escala; Madrid, con 35, es el otro. Y cada provincia se sitúa de acuerdo a su número de escaños. El 62% de los españoles votan en circunscripciones de 10 escaños o menos, por lo que saben que si su primera preferencia no supera aproximadamente el 10% de los votos, su voto será electoralmente inútil. En ellas se impone a fuego el bipartidismo, ya que sólo el PP y el PSOE pueden en la práctica verse representados (o, en su caso, los nacionalistas). En las cinco provincias en las que habita el 38% de españoles restante serían a priori posibles nuevos partidos e iniciativas, pues la proporcionalidad es elevada. Pero recordemos a Alzaga: no sólo original, también maquiavélico.

Como en un taller de alquimia, la escala que acabamos de describir se encuentra salpicada con unas cuantas gotas de sufragio desigual. Las provincias más pequeñas eligen más escaños de los debidos, disfrutando así de un poder de voto mayor. En las últimas generales el precio del escaño basculó desde las 20.000 papeletas de Soria hasta las 100.000 de Madrid. Tenemos así dos escalas que corren paralelas pero en sentido contrario. La primera nos divide en 52 grupos de acuerdo a nuestra mayor o menor proporcionalidad (sistemas electorales diferentes). La segunda nos divide en otros tantos grupos de acuerdo a nuestro mayor o menor poder de voto (sufragio desigual).

Maquiavelo habría tomado apuntes: los electores cuyos votos son fuertes se hallan en los sistemas "distorsionantes" y por tanto presionados para votar útil o, lo que es lo mismo, a los dos grandes; los votantes eximidos de esa losa psicológica son libres, pero sus votos son débiles. En cifras: en Teruel bastan 25.000 votos para alcanzar un escaño, pero es que eso es un 33% de los votantes turolenses y por tanto sólo el PP y el PSOE pueden permitirse tales escaños de saldo. En Madrid un 3% de los votos suponen 3 escaños, pero es que eso equivale nada menos que a 300.000 votantes.

Aunque centrarse sólo en ellos es ya a mi juicio parte del problema, los efectos del entramado son obvios. Por un lado se impone el bipartidismo y se fomenta la polarización, siendo casi imposible que surja un partido de centro que pueda ejercer un factor moderador. Por otro, la única alternativa para pactar la ofrecen los nacionalistas.

¿Qué hacer? La decisión sobre el sistema electoral configura una situación en buena medida excepcional desde el punto de vista de la filosofía política. Nadie defiende, por ejemplo, que sean las empresas las que redacten las leyes antimonopolio: esa labor ha de corresponder a instituciones que, situadas por encima de ellas, vayan más allá de sus intereses. Pero el sistema electoral lo deciden los partidos y, ¿qué hay por encima de ellos? "La ley y el Estado de Derecho", se dirá, pero es que la ley y por tanto el derecho son, empezando por la propia Constitución, creaciones suyas.

Si hay otro cuerpo en el Estado que comparte esa situación soberana de los partidos es el militar. El ejército no tiene por encima nada que pueda controlarlo, lo que explica el destacado papel que el honor y la obediencia han desempañado siempre en su código moral: son nuestra única garantía. De ahí que, de la misma manera que la democracia sólo germinó cuando las cúpulas militares interiorizaron de verdad su acatamiento al poder civil, compartieran o no sus designios, la regeneración de la democracia sólo será posible cuando las cúpulas partidistas asuman ciertos principios, convengan o no a sus intereses.

Por eso, a pesar de que de ellos no se escuche ya últimamente ni el más leve susurro, resulta fundamental volver a hablar de principios. Cuando uno lee a los viejos defensores del ideal de la proporcionalidad descubre los valores que la nutren: a los electores les garantiza libertad; a los resultados, justicia. Y cuando uno vuelve a los clásicos de la democracia, recuerda que hay un valor que bajo ningún concepto puede claudicarse: la igualdad del voto. Son las élites de los grandes partidos las que han impedido que esos tres valores sean hoy y ahora una realidad entre nosotros. Llevar los principios al centro del debate y recordar lo que significa "inalienable" es el primer paso para evitar que puedan seguir haciéndolo.

Jorge Urdánoz Ganuza es doctor en Filosofía y Visiting Scholar en la Universidad de Columbia, Nueva York.

5 comentarios:

Fernando López dijo...

En politica cuando se lleva 30 años, ya se siente uno mayor y defasado, le pasa a muchos políticos. Pero también le pasa a nuetro sistema electoral, e incluso a nuestra constitución.

Durante la transición hubo cosas buenas, pero la mayoría se aprobaron por multiples cesiones de cada una de las ideologías, todos cedieron por miedo a otra temporada dictatorial.

Se debería haber instaurado una democracia más representativa y no la actual, que favorece el bipartidismo. Si todas las ideas de todos los ciudadanos no se ven representadas en el Congreso, no es una plena democracia.

(Y ya no hablemos del caso del Senado)

Paqui Pérez Fons dijo...

El sistema actual es en buena parte heredado del franquismo, pero muchos están satisfechos con él porque les beneficia y nunca se plantearán cambiarlo. Y durante la transición no todos cedieron en igual medida. Quienes más cedieron fueron los que más perdieron durante la guerra y el franquismo.

EtNeCiV dijo...

Es un sistema muy peculiar y que perjudica muchas veces la voluntad popular, sobre todo pensar que hay muchos votos que directamente se vayan a la basura es una pena.

Pero ¿existe el sistema electoral perfecto? Es realmente complicado plasmar la voluntad de todos en un sistema que nos represente verazmente.

Por otra parte, se está viendo la "corrupción" que está causando la tiranía de la mayoría por los partidos nacionalistas, que se ven favorecidos en la representación. Otros como IU tienen más votos y menos posibilidad, y menor posibilidad aún de presentarse como alternativa al bipartidismo.

EtNeCiV dijo...

Tiranía de la minoría, me refería...

Paqui Pérez Fons dijo...

No sé si hay un sistema perfecto, pero sí alguno más justo: listas abiertas, un colegio electoral nacional, en vez de por provincias (que se sume el total de los votos obtenidos por cada partido y se asignen los escaños de forma proporcional,...) Hay expertos que han estudiado el tema e insisten en que se debería cambiar. Uno de los que más insistieron en la pasada legislatura fue Manuel Marín, el ex- presidente del Congreso, enfrentándose al aparato de su partido. Y como voz disidente, acabó fuera incluso antes de que terminase a legislatura. El PSOE se encargó de que se supiera que Bono iba a ser su sustituto.

Una de las razones de la desmovilización de la izquierda es el desengaño que supone cada convocatoria electoral. Un millón trescientos mil votos significaron en 2004 5 diputados, mientras con 830.000 CiU tuvo 10, ERC con 650.000 tuvo 8 y el PNV tuvo 7 con 417.000. Es decir, el PNV tuvo 7 diputados e IU con el triple de votos tuvo 5. Y esta vez volverá a pasar lo mismo. Y luego se preguntarán por qué la gente no vota.

Resultados de 2004:

http://www.elmundo.es/especiales/2004/03/espana/14m/resultados/congreso/globales/