sábado, 12 de abril de 2008

El fútbol como metáfora de la vida


Muchos pensadores han encontrado multitud de paralelismos entre la vida y lo que sucede en un campo de fútbol durante 90 minutos. Las últimas reflexiones en este sentido se refieren a la eliminación del Getafe por el Bayern de Munich en los cuartos de final de la Copa de la UEFA. Si lo del jueves hubiera sido un cuento de hadas o una película familiar, la victoria habría sido para el Getafe, porque para que haya un final feliz el débil tiene que poder vencer al grande y porque después de la remontada de la prórroga, tanto esfuerzo debería haber merecido la recompensa de pasar a la siguiente ronda. Pero el fútbol, como la vida, no siempre acaba bien para quienes lo merecen. Se puede jugar muy bien y no llegar nunca a nada, se puede hacer un esfuerzo ingente y tener siempre en contra la llamada suerte de los campeones, se puede calentar el banquillo durante años sin tener nunca una oportunidad,... Sobre todas estas cuestiones reflexiona hoy Vicente VErdú en el diario El País.


Getafe o el sentido de la vida
VICENTE VERDÚ


"El fútbol es injusto", dijo Contra, el jugador del Getafe. ¿La vida es injusta? Unas veces se comporta con justicia y otras con injusticia, luego es injusta del todo. O no. Simplemente la vida carece de justicia, carece de sentido y la máxima desesperación se presenta cuando, en una u otra ocasión, tratamos de procurárselo.

Como un bóvido, la vida pace, trisca, se alimenta, envejece y muere. ¿Cuál es su significado? ¿Significado? Se trata sólo de una evolución tan autónoma y ajena al raciocinio que cualquier fuerza del entendimiento claudica ante su soberana obviedad. La bovina obviedad saturada de sustancia y desocupada de sentido. ¿Bueno? ¿Malo? ¿Regular?

Del mismo modo que llegamos a vivir mejor cuando atenuamos u olvidamos el ego, la vida sabe mejor, más genuinamente, cuando dejamos de buscarle sentido. La vida surge, discurre y ofrece un día ocasiones de gozo y de sufrimiento casi todos los demás. "La vida -decía Schopenhauer- es la historia de un sufrimiento" y aunque este balance adolezca de exagerado malhumor, ciertamente, para los más, la cordillera de las contrariedades perfila netamente su paisaje.

¿El fútbol? Si tanto nos gusta el fútbol a los aficionados es por lo mucho que se parece a la vida o, mejor, a las promesas de felicidad que la vida podría sembrar sobre nuestra biografía y de una manera tan sencilla como la de pasar a una semifinal. Contemplar el partido ganado, presenciar la escena, hallarse sentado ante los 90 minutos o los 90 años, y disfrutar con los goles no sería otra cosa que saborear nuestro propio equipaje vivencial sometido, como las incidencias del encuentro, a las más azarosas y diversas circunstancias pero venciendo, al cabo, la dificultad. De hecho, el trance de algunos pasajes de nuestra vida calca el desarrollo del carrusel deportivo que, en sus idas y venidas, transmite tanto la jornada de nuestro equipo como una maqueta de alguna vicisitud vital.

Los no aficionados hallarán su reflejo en otras referencias pero para el hincha el fútbol constituye, por antonomasia, la posible metáfora de su propio quehacer. Su equipo forma cuerpo con su aventura, los resultados puntean su felicidad o su tristeza, su decepción o su esperanza, y con una ventaja incomparable: cada temporada aparece como otra inauguración saneada, el viaje reiniciado desde cero para volver a probar.

De este modo, el orden del fútbol es un rico festival de oportunidades perdidas y ganadas, extraviadas y reencontradas, sucesivos estrenos que impulsan creer en la suerte de la reencarnación, el lavado de los errores o la prolongación del honor. La vida sin fin, sin muerte, en suma.

La vida sentida de verdad y, a la vez, comportándose de mentirijillas. Es decir, sin sentido. El dramático suceso vivido hace 48 horas en el enfrentamiento del Getafe con el Bayern de Múnich iguala la carga de las tragedias griegas, remeda la eficaz intervención de los dioses y sitúa los juegos de Destino en el punto central de la UEFA. No cabe interpretación alguna que confiera razón al terrible desenlace del jueves, pero tampoco a los extraordinarios accidentes que salpicaron su desarrollo, dentro y fuera de la prórroga. Todos ellos mostrando la acción de poderosas y ocultas fuerzas divinas.

¿La enseñanza del encuentro? El encuentro incide en el mundo de lo invisible e indescifrable y, en consecuencia, resalta la primacía de lo mágico repartiendo placer o dolor arbitrariamente entre la orgía del absurdo y la paradoja.

¿Una calamidad para el hincha? Ciertamente la frustración se hizo tan profunda en el ánimo del hincha que favorecía el deseo de morir, pero el hincha se alimenta de estos vaivenes de la muerte y de la vida, de la sepultura, la ignominia y la resurrección. El hincha creyó morir, pero, enseguida, una lacerante lucidez aprendida de la experiencia futbolística y el carácter de sus derrotas, devolvió al conocimiento feliz de su contingencia y a la esperanza de otra oportunidad que borrará del cuerpo colectivo la figurada muerte y anticipará, para la próxima final, la reaparición de su imaginada fiesta.

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