jueves, 19 de junio de 2008

Europeos


En su columna de hoy Enric González ironiza sobre lo que se entiende por europeísmo, que consiste en preservar las ventajas de las que se dispone aquí frente al resto del mundo, aunque eso signifique ir contra todos esos ideales con los que se suele identificar al continente europeo. De eso apenas queda nada y lo que prima es el pragmatismo puro y duro: para seguir manteniendo nuestro oasis de privilegio hay que impedir la entrada de los que vienen buscando aquello de lo que disfrutamos y expulsar a todos los que se consideran prescindibles. El "europeísmo" se puso de manifiesto ayer en la vergonzosa sesión del Parlamento europeo, pero en los telediarios la noticia era otra. Una muestra más de lo que importa a la mayoría en un país que ha tardado muy poco en olvidarse de su pasado emigrante. "Ya semos europeos" con todas las de la ley, como dirían Els Joglars.


EUROPA

ENRIC GONZÁLEZ

No aspiro a ser justo, ni siquiera digno. Soy europeo y sólo aspiro a seguir siéndolo. Aspiro a una vida sin sobresaltos. Aspiro a la sanidad gratuita, al subsidio de desempleo, a que mis hijos gocen de la mejor educación posible a un precio simbólico, a una pensión generosa cuando me retire. Aspiro a la máxima seguridad y a unas calles limpias. Aspiro a que el paisaje rural sea hermoso y apacible, y a unos alimentos accesibles y de la máxima calidad. Aspiro a preservar la naturaleza que me rodea.

Ya, ya sé que la política agraria europea, con sus casi 50.000 millones en subsidios anuales, crea un paraíso artificial y frena las importaciones africanas. También sé que aplicamos aranceles sobre los productos más competitivos de los países en desarrollo. Y sé, por supuesto, que de vez en cuando inundamos el mercado mundial con nuestros excedentes alimentarios, y acabamos de arruinar a los países pobres. Pero eso es indispensable para que Europa siga siendo la dulce Europa, con su campiña, su paz social y sus segundas residencias.
Los inmigrantes seguirán llegando, no crean que lo ignoro. Necesitamos bastantes para hacer ciertos trabajos y para aplicar sin grandes conflictos la jornada semanal de 60 horas. Nuestro objetivo ahora, como europeos, consiste en ponerles las cosas difíciles a los clandestinos, o sea, a esos que de momento no necesitamos. Que sepan que Europa, la cumbre de la civilización, sabe ser dura cuando conviene. Que sufran el desprecio, el encierro y la deportación. Que se vayan a otra parte. Resulta desagradable, por supuesto. Pero es indispensable para que Europa siga siendo la dulce Europa, la Europa que amamos.
Me gustó que el Telediario de La Primera, ayer, no concediera rango de portada a la ley contra la inmigración clandestina, aprobada por el Parlamento Europeo. Tenemos la Eurocopa. ¿Para qué crisparnos? No aspiro a ser justo, ni siquiera digno, ya lo he dicho. Soy europeo.

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