lunes, 20 de octubre de 2008

Una afección compartida




En El País Semanal de ayer Javier Marías se pregunta por el nombre de una afección que padece: la de sentirse ciudadano del mundo y no identificarse con muchos con los que en teoría tiene algo en común. Afortunadamente no todo el mundo se deja arrastrar por el absurdo nacionalismo o el patriotismo y hay gente contagiada del mismo espíritu que Marías, aunque sean los menos. Yo también sufro esa afección.


CÓMO SE LLAMARÁ ESA AFECCIÓN
JAVIER MARÍAS

Siempre me ha costado mucho entender el patriotismo. Las proclamas del tipo "Amo España" (o Inglaterra, Escocia, Italia, Cataluña o Galicia, lo mismo da) me han sonado falsas y huecas, además de inverosímiles, porque nadie está capacitado para "amar" así, en bloque, un país entero, menos aún una metáfora o un concepto. Uno ama, como mucho, a unas cuantas personas a lo largo de su vida, sin que nos importen su lugar de nacimiento ni la lengua que hablen. Casi siempre se pertenece a un sitio por accidente. A ese sitio nos acostumbramos, sí, y durante un tiempo es nuestro único mundo. En él desarrollamos nuestros primeros afectos: creamos vínculos fuertes con algunas personas y paisajes, adquirimos hábitos que nos son gratos y que hasta pueden llegar a sernos indispensables. Por lo general nos sentimos cómodos, y bastaría con que nos viéramos condenados al exilio -como ha sucedido a tantos españoles a lo largo de la historia- para que echáramos desmedidamente en falta esos paisajes y esos hábitos. La mayoría de la gente vive donde vive porque se encontró allí al nacer y se incorporó a lo que ya estaba en marcha. Se instaló naturalmente y ya no se plantea moverse, a no ser que sienta un profundo descontento o aburrimiento, o sea inquieta y quiera hacer lo que antes se llamaba "conocer mundo", o vea que su lugar no es el adecuado para abrirse camino en su profesión. Pero todo es principalmente una cuestión de costumbre, y el amor tiene poco que ver en ello.

Esto es normal y comprensible, y lo es también la probable simpatía hacia un lugar que uno conoce bien y que, a diferencia de la mayoría, no equivale a un mero nombre o a una visita de pocos días. Conoce a sus habitantes o a una parte de ellos, y si el equipo de fútbol de la ciudad gana un partido, se alegra porque piensa que esos habitantes estarán contentos. Uno tiende a compartir las alegrías y penas de quienes le son cercanos. Pero también en la cercanía suele estar lo que uno más detesta, lo que le hace sufrir y la vida imposible. No hay odio mayor que el que tiene destinatario concreto, visible. Como sabemos allí donde se han padecido guerras civiles, es infinitamente más fiero y genuino el odio que se profesa a un individuo al que se ve a diario que el que se nos inculca hacia "los franceses" o "los americanos". Éstos son postizos, abstractos, impostados. Lo mismo sucede con esa clase de amores, y por eso quienes declaran "amar España" no dirían nunca que "aman a los españoles", que sería más propio. Es más, jamás he oído a un español decir semejante cosa, ni a un catalán otro tanto de los catalanes, ni a un vasco de los vascos, porque a la vuelta de la esquina se encontrarían con un ejemplo de lo contrario: "Qué mal me cae ese tipo", "A esa tía es que no la puedo ni ver".

También me resulta difícil enorgullecerme de mi tierra porque alguno de mis paisanos descuelle en algo. Si Nadal, Alonso o cualquier deportista español gana un trofeo, no logro sentir que eso me haga mejor en ningún aspecto: no he tenido en ello arte ni parte, y me parecería ridículo -además de demente- exclamar "Somos los mejores en tenis o en automovilismo" cuando jamás he sostenido una raqueta ni un volante. Y aunque sí lo hubiera hecho, no vería qué relación tenía eso con la habilidad o la pericia de unos jóvenes que no me han sido presentados. Si un cineasta español gana un Oscar, o un escritor el Nobel, no me puedo sentir en modo alguno partícipe de su reconocimiento particular, ni siquiera con el de mi gremio, y nada me resulta más patético que los periodistas que dicen "Éste es un triunfo para España", o los galardonados que sueltan "En mí se ha querido distinguir a toda la literatura española". ¿Cómo se me iba a distinguir a mí, por ejemplo, cuando se premió a Cela en Estocolmo, si considero su literatura rancia y de fogueo y estábamos en las antípodas?

Sólo comprendo el patriotismo, extrañamente, por la vía negativa, es decir, hay personas y cosas con las que nada tengo que ver y que sin embargo, por ser de mi país, me avergüenzan y logran contaminarme. Los méritos de otros no me contagian ni me ennoblecen, y en cambio las ignominias sí me alcanzan. Hay individuos y hechos con los que por nada del mundo querría que se me asociara. Me avergüenza que mi región la gobierne alguien tan bruto como Esperanza Aguirre, que se gasta millón y medio de euros nuestros en una fiesta cutre suya y destruye el sistema sanitario. Me avergüenza que tengan poder decisorio Ibarretxe y Carod-Rovira, en el País Vasco y Cataluña, respectivamente. Que haya en Valencia un sujeto y Presidente llamado Camps que obliga -imbecilidad suprema- a que en sus escuelas se imparta una clase en supuesto inglés, con traductor a esa lengua incluido, para que ningún chaval entienda nada. Que a Zapatero le entre el pánico cada vez que ve a un obispo y para calmarse lo forre a billetes a cargo del contribuyente. Que nuestro poder judicial conozca sólo el chalaneo. O que las calles de mi país estén llenas de vociferantes unga-ungas que sirven de pretexto para la "protección de los grandes simios" decretada por nuestros congresistas. Me pregunto cómo se llamará esta afección: la incapacidad de enorgullecerse junto a la capacidad de avergonzarse por lo ajeno vecino. No es que me consuele, pero estoy segurísimo de no ser el único español que lo padece.

4 comentarios:

Alberto dijo...

Buena publicación de la que muchos deberían aprender, sobre todo a esos políticos que se les llena la boca con la palabra España y no es que destaquen por su intelectualdad; digo España como podría haber dicho cualquier otro país. La verdad es que cada uno puede hacer lo que le pinte, si una persona que ha nacido en España está orgulloso de ser español pues está en su derecho. A mí lo que si me produce satisfacción son los éxitos de deportistas, escritores etc., españoles que sirven para ponerlos como ejemplos a la gente y mejor eso que el Gran Hermano o la Noria. Como dijo ayer en el programa de Jordi Évole otro personaje ilustrado de este país (Carlos "el yoyas") refiriéndose a una canción que también me parece haber visto por aquí, mi patria son mis pies...

Paqui Pérez Fons dijo...

Sí, "Mi patria en mis zapatos" es una canción de El Último de la Fila. Cada uno puede pensar como quiera, pero el patriotismo es un virus que nos inoculan desde pequeños y que convierte a los que lo rechazan en apestados. Además, la idea de nación es casi siempre excluyente: si te identificas con una, inmediatamente has de oponerte a las demás, has de enorgullecerte de verdaderas barbaridades y dar explicaciones si no haces lo que la mayoría. El patriotismo alimenta los ejércitos y casi todas las guerras se han hecho en nombre de la patria, con lo cual el panorama no es muy positivo.
Una duda ¿eres Alberto, el reciente seguidor del Barça, el de la camiseta de Robinho? Si es así, has cambiado mucho y no sólo en lo deportivo. Pero me alegro.

Saludos.

Alberto dijo...

si soy él mismo todo está relacionado un poco. Muchos no me reconocen, dicen que les embauco, dicen que la universidad me ha cambiado... pero no tiene nada que ver es conforme vamos avanzando en esta vida jej un saludo

Paqui Pérez Fons dijo...

Es que estudiar historia deja huella.;) Pero es verdad que hay gente que según va cumpliendo años, va mejorando. Ésa es la gente que de verdad vale la pena para mí: la que va aumentando en sabiduría y no en los ceros de su cuenta corriente. Me gusta mucho más el Alberto de ahora y no sólo porque seamos del mismo equipo. Gracias por seguir leyendo y aportando tu opinión. Salut.