domingo, 15 de febrero de 2009

Cacerías


La caza de espías, la caza de corruptos y la caza de inocentes ciervos se mezclan estos días en las portadas de los diarios. Sin profundizar demasiado, se pueden extraer algunas conclusiones: el afán de poder de algunos es infinito, el dinero público se malgasta en actividades reprobables, la corrupción acompaña habitualmente a quienes tienen en sus manos el poder de decidir sobre ingentes cantidades de dinero, la ostentación es uno de los vicios de los que se siente poderosos y muchos de ellos tienen la asquerosa costumbre de matar a otros seres vivos para sentirse más machos. La misma corrupción que hoy brota por todos los rincones del PP afloró no hace tanto entre las filas del PSOE. Del mismo modo, las cacerías son una costumbre bastante común entre la fauna de muchos partidos políticos. Y también es habitual que, mientras la mayoría se afana por sobrevivir, la minoría privilegiada se dedique a menesteres que casi siempre acaban pasando factura a todos (los ciudadanos de a pie, por supuesto).

Manuel Vicent reflexiona hoy en el diario El País sobre la famosa cacería en la que participaron Fernández Bermejo, Garzón y otros prebostes. Cómo se echa de menos a Robespierre en estos y otros casos.


CACERÍA
MANUEL VICENT

Un ministro de Justicia de cualquier país, de cualquier ideología, con una escopeta o con un rifle de mira telescópica en la mano, apuntando a un ciervo, a un muflón, a un guarro, a un conejo o a una perdiz es una imagen que le deja a uno desarmado. Si encima ese ministro de Justicia es socialista y se deja fotografiar rodilla en tierra agarrado con orgullo a las cuernas de un venado, que exhibe un balazo en la frente, entonces esa estampa resulta tan grosera que no da otra opción que la de salir corriendo en dirección contraria. Juntos, el ministro Bermejo y el juez Garzón han participado en varias cacerías. Puede que lucieran abrigos con fuelles en las axilas y una pluma en el sombrero, que desayunaran migas con chorizo en compadreo con el resto de la cuadrilla, que entonaran a coro la salve de los monteros antes de la matanza. Basta con este pavoneo para merecer la repulsa de gran parte de los ciudadanos, más allá de que trataran o no de apañar algún mejunje judicial entre animales muertos o de que ofrecieran, como membrillos, una baza política a la derecha. Hay que imaginar al ministro de Justicia con el rifle cargado, bien apalancado en el puesto ante un venado, que se ha destapado entre unos arbustos. A través de la mira telescópica vislumbra en primer plano por un instante sus ojos de terciopelo, su belleza, su inocencia y, no obstante, frente a esa armonía de la naturaleza no duda en apretar el gatillo. Entre gran alborozo recibe la felicitación de los secretarios por ese tiro tan certero y luego marca la culata de la pieza ensangrentada con sus iniciales. No posee un espíritu muy fino el ministro Bermejo si no es no es capaz de percibir que los ciervos que mata, miran antes la boca de su rifle llorando. Hay que imaginar también al juez Garzón ajusticiando con propia mano a unos venados, que han sido cebados entre alambradas sólo para que después unos señoritos de pelo ensortijado se den el gustazo de llenarles de plomo la barriga. El ministro Bermejo y el juez Garzón, juntos o por separado, no deberían matar animales, porque el oficio tan delicado de hacer justicia no encaja en una afición tan violenta y antiestética. Es como ver al ministro de Sanidad totalmente borracho. Ése y no otro es el escándalo.

2 comentarios:

andandoyviendo dijo...

Me parece un articulo excelente.

Paqui Pérez Fons dijo...

Sí lo es, como éste otro de hoy de Enric González:

COMPOSTURA
ENRIC GONZÁLEZ

Además de viejo, debo estar haciéndome antiguo. El caso es que echo en falta un mínimo de compostura entre los profesionales de la política.

Ya sé que son personas. Y que algunas, aún demasiado pocas, son mujeres. ¿Y qué? No necesito que me lo recuerden poniéndose el vestidito negro en una habitación de hotel: creo que podríamos habernos ahorrado las fotos de Soraya Sáenz de Santamaría y, ahora, de Rosa Díez, aparecidas en el dominical de El Mundo. Como podríamos habernos ahorrado tranquilamente el cameo publicitario de las ministras socialistas en Vogue.

Lo que acabo de citar son frivolidades menores. También las hay mayores, e inequívocamente masculinas. Esas cacerías, por ejemplo, en las que uno paga el animal (a un precio muy superior al salario mínimo) y le dejan pegarle un tiro. Cuando uno es un alto funcionario judicial, prácticamente indespedible, como Garzón o Bermejo, puede hacer lo que le dé la gana. Cuando uno ocupa un puesto tan efímero e importante como el de ministro debería mostrar un poco de prudencia y de atención al contexto. La crisis económica es brutal, se aproxima una huelga de jueces, el país se siente en vilo. ¿No podría el ministro Bermejo quedarse en casa hasta el cese y luego dedicarse a la escopeta?

Dejo al margen el hecho de que el ministro Bermejo y el fiscal Garzón coincidieran en la expedición de caza. Eso ya no tiene nada que ver con la compostura. Eso es un error político de los que no se olvidan.

Pertenezco a ese pequeño grupo de atontados que piensan que un cargo político, es decir, lo que llamamos "poder", constituye un privilegio y una grave obligación. Si se acepta, se acepta con todas las consecuencias. Solía pensar que los políticos estaban mal pagados. Ahora pienso lo contrario. Visto que pueden casar a las hijas en El Escorial, como Aznar; que pueden ir de caza, lucir vestidos exclusivos o comprar chalé de lujo al dejar La Moncloa, me inclino a pensar que convendría rebajarles el sueldo.

Por favor, no me digan que esto es demagogia. Demagogia es prometer pleno empleo o 2,2 millones de nuevos puestos de trabajo hace justamente un año.


Yo me considero tan atontada y tan antigua como Enric González y también coincido con su percerpción de lo que es demagogia. Saludos.