domingo, 29 de marzo de 2009

Hace 70 años


Dentro de unos días se cumplirán setenta años del fin de las operaciones militares de una guerra que comenzó con un intento de golpe de Estado fallido para derribar al gobierno legítimamente elegido por la mayoría de los ciudadanos de este país. Desde el principio, el enfrentamiento entre los defensores de la legalidad republicana y los que se sublevaron contra ella fue una lucha desigual y el contexto internacional perjudicó enormente a los defensores de la libertad, la democracia y la modernidad. Como recuerda hoy el historiador Julián Casanova en el diario El País, el tiempo transcurrido desde el fin de la guerra no ha conseguido todavía que se restablezcan ni la memoria ni la justicia para quienes lucharon en el bando que resultó derrotado.


SETENTA AÑOS DE LA VICTORIA DE FRANCO

JULIÁN CASANOVA

Se cumplen ahora 70 años del final de la Guerra Civil, de aquel parte oficial emitido desde el cuartel general de Franco el 1 de abril de 1939 y difundido con la voz del locutor y actor Fernando Fernández de Córdoba.

Atrás había quedado una guerra de casi 1.000 días que dejó cicatrices duraderas en la sociedad española. El total de víctimas mortales se aproximó a 600.000, de las cuales 100.000 corresponden a la represión desencadenada por los militares sublevados y 55.000 a la violencia en la zona republicana. Medio millón de personas se amontonaban en las prisiones y campos de concentración. El éxodo que emprendió la población vencida dejó también huella. "La retirada", como se conoció a ese gran exilio de 1939, llevó a Francia a unos 450.000 refugiados en el primer trimestre de ese año, de los cuales 170.000 eran mujeres, niños y ancianos. Unos 200.000 volvieron en los meses siguientes, para continuar su calvario en las cárceles de la dictadura franquista.

Franco logró lo que se proponía: una guerra de exterminio y de terror en la que se asesinaba a miles en la retaguardia para que no pudieran levantar cabeza en décadas. Forjado en el africanismo, la contrarrevolución y el anticomunismo, nunca concedió el más mínimo respiro a los vencidos o a sus oponentes. De palabra y de obra. "No sacrificaron nuestros muertos sus preciosas vidas para que nosotros podamos descansar", declaraba en la inauguración del Valle de los Caídos en abril de 1959. Recordar la guerra, siempre en guardia contra el enemigo, no cambiar nada, confiar siempre en esas fuerzas armadas que tan bien habían servido a la nación española, utilizar la religión católica como refugio de su tiranía y crueldad. Ésa era la receta.

Ni Hitler ni Mussolini llegaron al poder por medio de una guerra civil. Ésa fue una gran ventaja que, desde el punto de vista de la política interior, sólo Franco pudo gozar. La guerra actuó como punto de unión entre todos los que prestaron su apoyo al Estado franquista. El Ejército, la Falange, la Iglesia católica, representaban a esos vencedores, y de ellos salieron durante años el alto personal dirigente, las autoridades locales y los fieles siervos de la Administración.

España comenzó los años treinta con una República y acabó la década sumida en una dictadura derechista y autoritaria. Bastaron tres años de guerra para que la sociedad española padeciera una oleada de violencia y de desprecio por la vida del otro sin precedentes. Por mucho que se hable de la violencia que precedió a la Guerra Civil, para tratar de justificar su estallido, está claro que en la historia del siglo XX español hubo un antes y un después del golpe de Estado de julio de 1936. Además, tras el final de la Guerra Civil, en 1939, durante al menos dos décadas no hubo ninguna reconstrucción positiva, tal y como ocurrió en los países de Europa occidental después de 1945.

Cuando empezó la Guerra Civil española, los poderes democráticos estaban intentando a toda costa "apaciguar" a los fascismos, sobre todo a la Alemania nazi, en vez de oponerse a quien realmente amenazaba el equilibrio de poder. La República se encontró, por lo tanto, con la tremenda adversidad de tener que hacer la guerra a unos militares sublevados que se beneficiaron desde el principio de esa situación internacional tan favorable a sus intereses. Las dictaduras dominadas por Gobiernos autoritarios de un solo hombre y de un único partido estaban sustituyendo entonces a las democracias en muchos países europeos, y si se exceptúa el caso ruso, todas esas dictaduras salían de las ideas del orden y de la autoridad de la extrema derecha. Seis de las democracias más sólidas del continente fueron invadidas por los nazis al año siguiente de acabar la Guerra Civil. España no era, en consecuencia, una excepción ni el único país donde el discurso del orden y del nacionalismo extremo se imponía al de la democracia y de la revolución.

Las dictaduras que emergieron en Europa en esos años tuvieron que enfrentarse a movimientos de oposición de masas, y para controlarlos necesitaron poner en marcha nuevos instrumentos de terror. Ya no bastaba con la prohibición de partidos políticos, la censura o la negación de los derechos individuales. Un grupo de criminales se hizo con el poder. Y la brutal realidad que salió de sus decisiones fueron los asesinatos, la tortura y los campos de concentración. La victoria de Franco fue también una victoria de Hitler y de Mussolini. Y la derrota de la República fue asimismo una derrota para las democracias.

El descubrimiento de esa historia de vencedores y vencidos, de víctimas y verdugos, ha suscitado un agrio debate en la sociedad española en los últimos años. Pese a las miles de páginas escritas por historiadores, que no dejan duda alguna sobre la existencia y definición de esos crímenes políticos, algunos de los mitos fundacionales de la dictadura tienen todavía común aceptación en las opiniones y recuerdos de un amplio sector de la población. En ese conflicto entre diferentes memorias, el proyecto de cambio político y social de la República quedó sepultado en la gran tumba que el franquismo cavó desde abril de 1939. Y ahí sigue arrinconado, 70 años después.

Carteles republicanos de la Guerra Civil:

viernes, 27 de marzo de 2009

Tres noticias enervantes


Las tres noticias de esta semana que más me han hecho enfadar tienen escenarios y protagonistas distintos, aunque se encuentran entre los temas habituales que me molestan especialmente:


- Poco a poco se van conociendo más detalles sobre las atrocidades que cometió el ejército israelí en Gaza hace unos meses. Las investigaciones y declaraciones de soldados que participaron en la invasión de Gaza confirman que se cometieron crímenes de guerra allí. La propia ONU ha utilizado este lenguaje para calificar lo que allí se perpetró, pero esto no se traduce en nada: ni sanciones, ni embargos económicos, ni órdenes de busca y captura para los responsables del gobierno israelí,... La misma historia de siempre.








- Por otro lado, en Francia, el gobierno de Sarkozy planea la elaboración de un censo "étnico" de la población. Sean cuales sean las intenciones de este tipo de clasificación, el hecho es que se siguen juzgando como relevantes la procedencia o el color de la piel, cuando lo que de verdad debería importar es hacer realidad la igualdad de oportunidades. Hay otras diferencias mucho más determinantes a las que dedicar el tiempo y el dinero.




- Finalmente, la mayor parte de la "clase política" española representada en el Parlamento se reunió ayer en sesión secreta para aprobar un dictamen que permite que los diputados que realizan otras actividades remuneradas puedan compatibilizarlas con su trabajo y con su sueldo como diputados. Sorprende conocer que de los 350 diputados sólo 34 ejercen se dedican en exclusiva a representar a los ciudadanos que les votaron y que 79 de ellos han conseguido permiso para seguir ejerciendo actividades privadas. El único grupo parlamentario que anunció su intención de votar en contra del dictamen fue IU. El resto ordenó votar a favor, aunque hubo 43 diputados que votaron en contra y 47 que se abstuvieron, rompiendo así la disciplina de voto. Como la sesión fue secreta, no se conocen los nombres de la mayoría de los diputados díscolos, pero lo llamativo es que hubo 246 votos favorables al dictamen. Los privilegiados se unen para mantener sus privilegios. Una decisión muy edificante y solidaria y aún más en estos tiempos de estrecheces económicas para tanta gente.


martes, 24 de marzo de 2009

La dificultad de seguir un camino propio


Si a alguien se le ocurre seguir su propio camino, corre el riesgo de que lo consideren raro, poco sociable, sin rumbo, perdido,... Mejor así que aborregados.

sábado, 21 de marzo de 2009

Una buena filosofía: menos es más


El diario El País publica hoy una interesante reflexión del francés Nicolas Ridoux acerca de la necesidad del decrecimiento para evitar el colapso al que nos lleva aspirar siempre a más. Vale la pena leerlo y extraer conclusiones aplicables a muchos aspectos de la vida moderna:


POR UNA VIDA MÁS FRUGAL
NICOLAS RIDOUX

En el origen de la grave crisis actual hay una nueva manifestación de la desmesura, de la búsqueda infinita de omnipotencia. Las empresas y entidades financieras han estado persiguiendo obtener unos beneficios en crecimiento perpetuo. En esta búsqueda incesante del "cada vez más", los mercados existentes no bastaban, y hubo que crear mercados incluso donde no existían. Las consecuencias de todo ello en la economía real serán por desgracia de amplio alcance, y afectarán especialmente a los más débiles. Como consecuencia de esta crisis, la mayoría de nuestros dirigentes, antes neoliberales, de repente parecen haber descubierto a Lord Keynes. Pues bien, ¿qué es lo que Keynes nos dice? "La dificultad no es tanto concebir nuevas ideas como saber librarse de las antiguas".

Eso es lo que pretende el movimiento del "decrecimiento", que propone una crítica constructiva, argumentada, pluridisciplinar, de rechazo de los límites que constriñen nuestras sociedades contemporáneas, para así poder liberarnos de ese "cada vez más". La filosofía del decrecimiento trata de explicar que en muchas ocasiones "menos es más".

¿Qué es exactamente lo que está ocurriendo en nuestros días? No estamos padeciendo una crisis sino un conjunto de ellas: crisis ecológica (energética, climática, pérdida de la biodiversidad, etcétera); crisis social (individual y colectiva, aumento de las desigualdades entre las naciones y en el seno de las mismas, etcétera); crisis cultural (inversión de valores, pérdida de referentes y de las identidades, etcétera); a lo que ahora se añade la doble crisis financiera y económica. Todas ellas no son crisis aisladas, sino más bien el resultado de un problema estructural, sistémico: cuyo origen está en la desmesura, en la búsqueda obsesiva del "cada vez más".

¿Qué se puede decir sobre la crisis económica desde el punto de vista de quienes somos "objetores al crecimiento"? Que nadie se equivoque, porque decrecimiento no es sinónimo de recesión. Tal como escribí hace más de dos años: "No hay que elegir entre crecimiento o decrecimiento, sino más bien entre decrecimiento y recesión. Si las condiciones ambientales, sociales y humanas impiden que siga el crecimiento, debemos anticiparnos y cambiar de dirección. Si no lo hacemos, lo que nos espera es la recesión y el caos".

Ahora hemos entrado en recesión, pero que nadie se confunda, no en una sociedad de "decrecimiento". Para empezar, no hemos cambiado nuestra organización social, y en la actual organización todas las instituciones y mecanismos redistributivos se nutren de la idea del crecimiento. En una sociedad así, cuando el crecimiento falta, la situación es inevitablemente dramática. El decrecimiento es algo totalmente distinto. Significa crecer en humanidad, esto es, teniendo en cuenta todas las dimensiones que constituyen la riqueza de la vida humana.

El decrecimiento no es un crecimiento negativo, ni propugna tampoco una recesión ni una depresión; sería ridículo tomar nuestro sistema actual y ponerlo del revés y de esa manera intentar superarlo. El decrecimiento supone que debemos desacostumbrarnos a nuestra adicción al crecimiento, descolonizar nuestro imaginario de la ideología productivista, que está desconectada del progreso humano y social. El proyecto del decrecimiento pasa por un cambio de paradigma, de criterios, por una profunda modificación de las instituciones y un mejor reparto de la riqueza.
Es claro que el crecimiento económico pretende aliviar la suerte de los más desfavorecidos sin tocar demasiado las rentas de los más ricos, para no enfrentarse a su reacción política. En ese sentido, el decrecimiento pasa necesariamente por una redistribución (restitución) de la riqueza.

En un mundo de recursos limitados, las cosas no pueden crecer de manera indefinida. Por eso, "la objeción al crecimiento" habla de la necesidad de compartir, el regreso de la sobriedad, en particular para aquellos que sobreconsumen. Hacemos nuestras estas palabras de Evo Morales, presidente de la República de Bolivia, que el 24 de septiembre de 2008 afirmó en la Asamblea General de las Naciones Unidas: "No es posible que tres familias tengan rentas superiores a la suma de los PIB de los 48 países más pobres (...) Estados Unidos y Europa consumen de media 8,4 veces más que la media mundial. Es necesario que bajen su nivel de consumo y reconozcan que todos somos huéspedes de una misma tierra".

Hay que acabar con la idea de que "el crecimiento es progreso" y la condición sine qua non de un desarrollo justo. El crecimiento es adornado por sus defensores con todas las virtudes, por ejemplo en materia de empleo. Sin embargo, como dijo Juan Somavia, director general de la OIT, en su informe de enero de 2007: "Diez años de fuerte crecimiento no han tenido más que un leve impacto -y sólo en un pequeño puñado de países- en la reducción del número de trabajadores que viven en la miseria junto con sus familias. Así como tampoco ha hecho nada por reducir el paro". En efecto, los beneficios empresariales han sido tan enormes que ni siquiera un crecimiento fuerte ha podido crear empleo, de ahí la persistencia del paro. La recesión agrava brutalmente este problema. Pero es ilusorio pensar que, para que todo el mundo tenga trabajo, lo que hay que hacer es restaurar el crecimiento económico y aumentar cada vez más las cantidades producidas; esta sobreproducción no tiene ningún sentido, no consigue el pleno empleo y, encima, compromete gravemente las condiciones de supervivencia del planeta.

Volvamos a Keynes, aunque no el que relanza las economías desfallecientes gracias a la intervención del Estado, sino al que escribía en sus Perspectivas económicas para nuestros nietos (1930) que sus nietos (es decir, nuestra generación) deberían liberarse de la coacción económica, trabajar 15 horas semanales y tender a una mayor solidaridad que permitiese compartir el nivel de producción ya alcanzado. No hacerlo así, según él, nos llevaría a caer en una "depresión nerviosa universal".

La filosofía del decrecimiento hoy dice que debemos trabajar menos para vivir mejor. No tener la mira puesta en el poder adquisitivo (que a menudo es engañoso y reduce al hombre a la única dimensión de consumidor), sino buscar el poder de vivir. Se trata de cambiar la actual organización de la producción y repartir mejor el trabajo: utilizar los beneficios obtenidos para que todos trabajen moderadamente y todas las personas tengan un empleo. Esta reorganización debe ir acompañada de una revisión de las escalas salariales. No es aceptable que algunos empresarios ganen varios centenares o miles de veces más el salario de sus propios trabajadores.

Reducir la cantidad de trabajo permitiría asimismo que pudiésemos llevar una vida más equilibrada, que nos realizáramos a través de cosas que no sean la sola actividad profesional: vida familiar, participación en la dinámica del barrio, vida asociativa, y también actividad política, práctica de las artes...

Un modo de vida más frugal, que se tomara en serio los valores humanistas y tuviese en cuenta la belleza, conduciría a producir menos pero con mejor calidad. Una producción de calidad pide habilidad y tiempo, y ofrecería empleos numerosos y más gratificantes. Supone no recurrir sistemáticamente a la potencia industrial (exige sobriedad energética) lo cual mejoraría la necesidad de fuerza de trabajo (como se observa al comparar la agricultura intensiva, muy mecanizada, gran consumidora de petróleo pero parca en mano de obra, con la agricultura biológica). De esta manera, quizá también se pudiese equilibrar mejor trabajo intelectual y trabajo manual, y combatir al mismo tiempo la epidemia de obesidad que padecen nuestras sociedades demasiado sedentarias.

Devolver el protagonismo a la persona, restaurar el espíritu crítico frente al modelo dominante del "cada vez más" y abrir el debate sobre nuestra forma de vivir y sus límites, saber tomarse tiempo para mantener una relación equilibrada con los demás, ése es el camino que propone la filosofía del decrecimiento. Se trata de sustituir el crecimiento estrictamente económico por un crecimiento "en humanidad". Es una tarea estimulante, un desafío que merece la pena intentar.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Si...


Si los banqueros fuesen bomberos...

Si los brokers de Wall Street fuesen científicos aeroespaciales...

Si los financieros fuesen profesores (en la pizarra: "Hoy préstamos complejos derivados")...

Si los bomberos, los científicos aeoespaciales y los profesores recibiesen millones de dólares en bonos,..

NO ESTARÍAMOS EN ESTE LÍO



Pero como las cosas no son así, los ladrones siguen recibiendo premios a su avaricia a cargo de los contribuyentes. Sólo hay que leer las últimas noticias sobre las multimillonarias primas que recibirán las mentes pensantes (es sólo una frase hecha) de la financiera AIG por sus portentosas decisiones:





La viñeta es de Pat Bagley, dibujante de The Salt Lake Tribune de Utah.

Minerales de guerra


El programa En portada continúa ofreciendo grandes reportajes sobre actualidad de lugares del mundo que normalmente no captan la atención de los medios de comunicación. El domingo pasado se emitió un documental sobre la situación en la parte Este de la República Democrática del Congo, narrado por personas que viven y trabajan allí y centrado en la influencia de la riqueza mineral en toda la zona. Éste es un territorio rico en minerales de interés estratégico, como el coltán, la casiterita y el oro. Paradójicamente esa riqueza se encuentra en la base de muchas de las desgracias a las que se encuentra expuesta la población de este territorio fronterizo: las minas son codiciadas por los grupos armados que actúan en la zona (el ejército oficial de la R. D. del Congo, los ejércitos de los llamados "señores de la guerra", tanto autóctonos como extranjeros, y hasta los soldados de la MONUC, la misión de paz de la ONU en el Congo). Todos ellos se disputan el control de las minas y su explotación, que les proporciona importantes beneficios, que a su vez sirven para seguir financiando las guerras en la región. Toda la economía de la región gira en torno a las minas: los sueldos que se pagan en ellas son bajos, pero mejores en comparación con los que proporcionan otros empleos. Los agricultores han abandonado muchos cultivos, cansados de que los grupos armados les arrebaten sus cosechas por la fuerza. Muchos maestros, que no reciben el salario del Estado, dejan sus trabajos en las escuelas y van a trabajar en las minas. Los que poseen las armas imponen su ley y de vez en cuando vuelve a estallar la violencia en la zona. Es la población civil quien sufre las peores consecuencias de esta locura. Desde 1998 han muerto en la zona cerca de 5 millones de personas. De las minas siguen saliendo minerales que servirán para sufragar los gastos de más violencia, mientras la enorme riqueza de esa tierra sigue sin revertir en beneficio de la población del país. Es otro ejemplo de la llamada maldición de los recursos naturales y de la complicidad internacional en el sufrimiento y la miseria de poblaciones olvidadas. El reportaje relata con detalle el expolio de los recursos y la impotencia de los congoleños que soñaban con un país distinto y se encontraron con la misma historia de siempre, la de la continuación del colonialismo disfrazada de independencia política. Se puede ver el documental en el siguiente enlace:



Sinopsis:


domingo, 15 de marzo de 2009

Un buen lugar para morir. Historias del Cáucaso


Se ha publicado en España un segundo libro del periodista polaco Wojciech Jagielski, digno heredero de Ryszard Kapuscinski. Este segundo libro se centra en la región del Cáucaso. Cuando todo el mundo tenía puestos sus ojos en las consecuencias de la caída del muro de Berlín y en las guerras que se desencadenaron en los Balcanes, Jagielski se interesó por lo que estaba sucediendo en el Cáucaso. Allí la desintegración de la URSS abrió la puerta a numerosas guerras de independencia o de reclamación de territorios que devastaron la región y de una manera o de otra continúan haciéndolo en el presente. En el prólogo del libro Jagielski intenta encontrar una explicación ante tal proliferación de pueblos que se consideran distintos y que aspiran a ocupar un mismo espacio. El complicado entorno geográfico y el hecho de que la zona sea punto de contacto entre Rusia, Turquía e Irán alentaron los sentimientos nacionalistas y el odio a los vecinos como forma de afirmar la propia identidad. Cuando el imperio soviético empezó a mostrar síntomas de debilidad, en el Cáucaso se pusieron en marcha diversos procesos independentistas, que en su mayor parte acabaron derivando en sangrientas guerras: armenios contra azeríes por el enclave de Alto Karabaj, osetios del Sur, abjasios y adzharios contra georgianos, chechenos e ingusetios contra rusos,... Una locura generalizada con miles de víctimas que sumió a una región rica en una crisis de la que todavía no se vislumbra una salida. Jagielski recorre todos los lugares donde se desató la violencia y combina los datos históricos con relatos protagonizados por personajes que le ayudaron a entender o quedarse perplejo y sin argumentos explicativos ante el devenir de los acontecimientos que presenció. Una de las historias que mejor reflejan la demencial situación del Cáucaso es ésta:


DEMENTES

Volodia me contó una vez esta historia:

En Chermen hubo una vez un manicomio. No se puede decir que fuera un hospital, sino más bien una residencia, un lugar donde ir a morir. Sólo aceptaba nuevos pacientes cuando moría alguno de los internos y dejaba un sitio libre, porque nunca se daba de alta a nadie. Los enfermos vivían en buenas condiciones. La atmósfera era tranquila y silenciosa, y el personal del manicomio (cuatro médicos, una veintena de enfermeras y enfermeros, dos cocineras y el conductor de la ambulancia) cuidaba bien a los pacientes.

El edificio había sido contruido a comienzos de los años sesenta, y en aquel momento se encontraba en la periferia de la población; después, cuando el pueblo fue creciendo, quedó situado prácticamente en el centro. Esto no era algo que molestara a nadie. La casa estaba rodead por un alto muro y los enfermos nunca salían al exterior. El manicomio y el pueblo conformaban dos mundos completamente distintos, con fronteras muy bien definidas.

Por esta razón, es probable que los pacientes no se hubieran dado cuenta de que en el pueblo ocurría algo fuera de lo normal de no ser porque los médicos, los enfermeros y enfermeras, las cocineras y el conductor huyeron un día del manicomio. Es cierto que se oían disparos al otro lado del muro y que por la noche se veía el resplandor de las casas ardiendo, pero eso parecía no extrañar a los locos y no alteraba en absoluto la tranquilidad de sus vidas, Era como si no oyeran los ecos de la matanza.

Como todo el personal médico había huido el primer día de la guerra, los enfermos tuvieron que arreglárselas sin medicinas. En cambio encontraron en los frigoríficos y en la despensa pan y embutidos, que seguramente alguien olvidó llevarse. Los enfermos menos graves preparaban los desayunos, las comidas y las cenas. Cuando se acabaron los alimentos, los internos decidieron salir al exterior. Las puertas estaban abiertas.

El pueblo se hallaba totalmente desierto. La gente se había marchado sin ni tan siquiera cerrar los corrales, atemorizados por bandas armadas de ingusetios y osetios. Se oían los mugidos de las vacas en algunos establos; llevaban varios días sin ser ordeñadas. Los locos se dieron una vuelta por las casas y se llevaron al manicomio patatas, manzanas, harina y leche. Se dividieron en varios equipos. Unos buscaban comida en el pueblo, otros recogían leña, otros llevaban a la residencia edredones, mantas y abrigos para hacer frente al frío, cada vez más penetrante. Había otro equipo que se encargaba de preparar y repartir la comida y de dividir entre todos las ropas encontradas. Por las tardes volvían a la residencia y jugaban a las cartas en el salón. Seguían oyendo tiroteos allá a lo lejos, en la dirección de Nazran, y por la noche veían resplandores desde las ventanas.

Al sexto día apareció el ejército ruso en Chermen. Volvieron a cerrar el manicomio y apostaron guardias en la entrada. Después llegaron unos médicos desde Osetia del Sur. Durante todo el día revisaron los archivos del centro, y al final dividieron a los pacientes en tres grupos. Los enfermos no sabían que el criterio seguido había sido la nacionalidad: por un lado los ingusetios, por otro los osetios, por último, los rusos y demás eslavos. Los soldados los hicieron subir en camiones militares. Los osetios fueron llevados a Vladikavkás, los rusos, a Terek y los ingusetios, a Grozni. Los pacientes no protestaron, más bien trataron con serena indulgencia a la gente del otro lado del muro, que se había presentado nuevamente en la residencia para adueñarse de sus vidas.

Los del otro lado del muro, que seguían llevando a cabo masacres, declararon que los osetios y los ingusetios no podían vivir juntos. En el Parlamento de Osetia del Norte se llegó incluso a aprobar una ley en ese sentido. Así funcionaba el mundo al otro lado del muro.

Hubo más situaciones demenciales, como el sufrimiento de la población armenia durante el bloqueo al que la sometieron Turquía y Azerbayán. Sin electricidad y sin gas, los armenios se vieron obligados a talar casi todos los árboles y quemar libros para calentarse durante los crudos inviernos. O cómo los abjasios salían a contemplar los bombardeos del ejército ruso a los georgianos como si de un espectáculo de fuegos artificiales se tratase. O la historia que da título al libro, Un buen lugar para morir. Un buen libro para los interesados por la historia reciente y por el periodismo bien hecho, el que narra los acontecimientos y trata de explicarlos sin olvidarse de las personas.

Sinopsis:


Opiniones:

sábado, 14 de marzo de 2009

Gran Torino


La última película dirigida y protagonizada por Clint Eastwood se titula Gran Torino. En muchos sentidos tiene el inconfundible aroma del fin de una época. Clint Eastwood declaró hace unos meses que no volvería a dirigir y actuar en una misma película y que sería difícil que volviese a ponerse delante de las cámaras. El modelo de coche que da título a la película simboliza también un pasado a punto de desaparecer en estos tiempos de incertidumbre. Pero, como se encarga de destacar Eastwood en la película, no todo tiempo pasado fue mejor y también hay elementos del presente por los que vale la pena luchar para alumbrar un futuro distinto. Gran Torino narra la historia de un jubilado de la factoría Ford de Michigan que acaba de enviudar y se encuentra enfadado con el mundo porque ya no reconoce en él nada de lo que le daba sentido. No se lleva bien con sus hijos, su pasado como soldado en la guerra de Corea aún le atormenta, vive en un vecindario que está llenándose de inmigrantes a los que odia y espera la muerte sentado en el porche de su casa. En el garaje guarda un Gran Torino de 1972, que tendrá un papel decisivo en la historia. Sus vecinos asiáticos acabarán entrando en su vida y darán un sentido nuevo a su existencia. En Gran Torino aparecen temas abordados anteriormente por Clint Eastwood, como la violencia, las secuelas de la guerra, el sentido de la justicia, la familia elegida y no la impuesta, el dolor y las mujeres luchadoras que pelean con armas que no hacen fuego. La maestría de Clint Eastwood convierte una historia aparentemente sencilla en una película profunda e inolvidable. Algunos críticos se han referido a Gran Torino como el testamento cinematográfico de Clint Eastwood. Yo prefiero verlo como una parte del legado de un magnífico creador que a sus 78 años todavía tiene mucho cine en su cabeza.


Sinopsis y críticas:



Los hmong:

viernes, 13 de marzo de 2009

Rojos, pero de vergüenza


La columna de hoy de Enric González hace referencia a todas las circunstancias del panorama nacional que le hacen sonrojarse y sentirse abochornado de vivir en este país. Comparto el bochorno, aunque resulta paradójico que sintamos vergüenza de lo que es responsabilidad de otros. Deberían ser ellos quienes se sonrojasen, pero para ello deberían tener algo de vergüenza y precisamente ése es un elemento del que carecen.


ROJA
ENRIC GONZÁLEZ

No soy de los que temen una España rota. A mí me preocupa una España roja. Roja de vergüenza. Me abochorna lo que ocurre en la Comunidad de Madrid y me apena el papelón del Parlamento autónomo, con esa comisión investigadora destinada a desinvestigar, negar la evidencia y acusar a los periódicos, en concreto a éste en el que escribo; da grima comprobar el cainismo imperante en el PP de Esperanza Aguirre y la inoperancia del PSOE madrileño.

Me abochornan las "embajadas" catalanas, los informes que la Generalitat encarga a los amiguetes, la abundancia de campañas de autobombo, la conjunción de dispendio e ineficacia, el vuelo gallináceo del debate político en el "oasis". Me abochorna la impavidez con que el anterior Gobierno autónomo gallego, esa coalición "progresista" de socialistas y nacionalistas, dio por supuesto su derecho a derrochar en coches blindados, mobiliario y francachelas; me deprime que el PP de Galicia, a estas alturas, siga apoyándose en los caciques cada vez que se aproximan elecciones (ahí, sin embargo, habrá que dar un voto de confianza a Feijóo).

Me abochorna, y no hace falta decir por qué, que Ibarretxe asegure que el PNV seguirá mandando, tanto si permanece en el Gobierno como si no: ahora resulta que el lehendakari vasco habla igualito que Girón de Velasco y otros figurones del búnker después de la muerte de Franco.

Me abochorna que Camps se niegue a explicar ante el Parlamento autónomo valenciano esa historia tan graciosa de los trajes, y que Fabra domine eternamente la Diputación de Castellón gracias a su talento para explotar el clientelismo. Me abochorna que el PSOE gobierne siempre en Andalucía, aupado sobre su propia clientela rural y sus peonadas.

Me abochorna, en general, la España autonómica, con sus cargos y carguitos, sus coches oficiales y sus trapisondas. No creo que el plan fuera ése. Hace 30 años se prometió que la Constitución, además de reconocer los derechos y particularidades de determinadas regiones (o naciones, o imperios, da igual: las palabras no cuestan un duro), serviría para acercar la Administración al ciudadano. Quizá esté más cerca, pero suele portarse como si estuviera lejísimos y no pudiéramos ver las tonterías que hace.

martes, 10 de marzo de 2009

Salvar la hospitalidad


El gobierno que se califica a sí mismo de "socialista" tiene preparado un anteproyecto de ley que penalizará con una multa de entre 501 y 30.000 € a los ciudadanos españoles que acojan y ayuden a inmigrantes en situación irregular. Esto supone convertir en delincuentes a todos aquellos que decidan ejercer la hospitalidad con personas criminalizadas por el hecho de aspirar a una vida mejor lejos de su hogar. Desde distintas organizaciones sociales se está llevando a cabo una campaña de recogida de firmas para manifestar la disconformidad con éstas y otras leyes que definen como delincuentes a quienes respetan los derechos de las personas. En los siguientes enlaces se puede obtener más información sobre el anteproyecto de ley:











Para adherirse al manifiesto, escribir a una de estas dos direcciones:


lunes, 9 de marzo de 2009

Zona cerrada



Este breve cortometraje ha sido ideado por Ari Folman, el director de Vals con Bashir, para denunciar la situación de la población que vive en Gaza sometida al bloqueo israelí. Más información en: http://www.closedzone.com/

El curioso caso de Benjamin Button


El curioso caso de Benjamin Button es una hermosa película sobre lo difícil que resulta ser diferente e ir en una dirección distinta a la que siguen los demás. Está basada en un relato corto de Francis Scott Fitzgerald y relata la historia de un hombre que nació anciano y a medida que van pasando los años va rejuveneciendo. Su trayectoria vital es inversa a la de las personas que le rodean y esto supone un problema cuando el paso del tiempo va poniendo en evidencia la distancia que le separa de los demás. En la película también se ponen de manifiestolas similitudes entre la infancia y la vejez: la necesidad de cuidados, la dependencia de los demás, las dificultades con el lenguaje y la memoria, la falta de control sobre el propio cuerpo, ...El otro gran tema de la película es la imposibilidad de volver atrás en el tiempo, el inexorable avance del reloj y la conciencia de la propia finitud y la de los demás. Esta idea se expresa en la película con la bella metáfora del reloj de la estación de Nueva Orleans. El reloj que contruyó el relojero y que marchaba hacia atrás indicaba el deseo imposible de volver al pasado y recuperar lo que el tiempo se había llevado por delante. A todos nos espera el mismo destino y lo que cambia es cómo nos llegará el final y lo que haremos entretanto. Y aunque desde el principio sabemos cuál será el final de Benjamin Button, su historia es emocionante y merece la pena conocerla. Las casi tres horas que dura la película pasan volando y los efectos especiales utilizados para envejecer a los personajes son impresionantes. Y aunque no me gusta demasiado Brad Pitt, reconozco que en esta película su interpretación me ha convencido.

Página oficial de la película:


Críticas:


miércoles, 4 de marzo de 2009

Una clase dividida


Éste es el título de un magnífico documental del programa Frontline, de la PBS, la televisión pública de EEUU. Se rodó en 1984 y cuenta una experiencia que comenzó a ponerse en práctica en 1968 en una pequeña ciudad de Iowa. Al día siguiente del asesinato de Martin Luther King, Jane Elliott, una profesora de primaria decidió mostrar a sus alumnos de 3º las consecuencias del racismo y la discriminación. Su experimento duró dos días y consistió en decir a sus alumnos que los de ojos azules eran mejores que los de ojos marrones y que, por tanto, merecían ser tratados mejor. Los de ojos marrones fueron "marcados" con pañuelos de color azul. Los efectos de lo que les había dicho la profesora empezaron a sentirse de inmediato. Al día siguiente la profesora dijo a sus alumnos que se había equivocado y que los de ojos marrones eran mejores que los de ojos azules. La situación dio un vuelco y de nuevo volvieron a aparecer comportamientos discriminatorios hacia los que habían sido definidos como "inferiores". Al final del experimento la profesora preguntó a los alumnos cómo se habían sentido en las dos situaciones y qué habían aprendido de todo ello. Jane Elliott continuó realizando esta actividad cada año. En 1970 se grabó un documental titulado Eye of the storm y 14 años después, los niños protagonistas de este documental volvieron a reunirse con la profesora para comentar cómo les había marcado la actividad de los ojos azules y los ojos marrones. Posteriormentea la misma experiencia se llevó a cabo con adultos, especialmente en cárceles. La lección fundamental es que la única manera de entender lo que significa pertenecer a una minoría y ser discriminado es experimentarlo de forma directa. Del mismo modo se entiende cómo los mensajes que recibimos desde pequeños condicionan nuestra percepción del mundo y nuestra forma de tratar a los demás. El experimento de Jane Elliott es una excelente manera de desarrollar la empatía, de comprender los mecanismos que contribuyen a inocular el virus del racismo y las ideas de superioridad e inferioridad. Un documental imprescindible para educadores y para gente sensible.


Documental completo en inglés con información adicional:


Documental en español dividido en 6 capítulos de unos 10 minutos:






martes, 3 de marzo de 2009

The wrestler


El wrestling o lucha libre es un espectáculo basado en peleas que incluyen todo tipo de acrobacias. Los luchadores profesionales llevan a cabo una coreografía previamente acordada que incluye violencia física y en ocasiones elementos cómicos, lo que en lo últimos años ha dado gran popularidad a este espectáculo, sobre todo entre los más jóvenes. El mundo de la lucha libre profesional está retratado de forma fiel en la película The wrestler, protagonizada por Mickey Rourke. El actor se dedicó durante unos años al boxeo, lo cual le resultó de gran utilidad para interpretar la decadencia de un luchador profesional y sus esfuerzos por cambiar de vida. La experiencia de Mickey Rourke en la lucha libre y su pasado turbulento otorgan gran veracidad a su personaje: un hombre dolorido, lleno de cicatrices y sometido a un sinfín de rituales para mantenerse en forma que toma la decisión de dar un giro a su vida y tratar de sentar la cabeza. Si algo queda claro en la película, es que en ocasiones los golpes más duros no son los que propinan los contrincantes en el ring, sino los golpes morales que se reciben de las personas que nos rodean o del entorno donde nos ha tocado vivir. Mickey Rourke realiza una gran actuación, aunque no queda muy claro si su interpretación es fruto del estudio o simplemente manifestación de las vivencias autodestructivas en las que estuvo enfrascado durante bastantes años. Otro aspecto muy interesante de la película es la banda sonora, en la que suenan varios temas potentes. The wrestler es también el título de la canción de Bruce Springsteen que cierra la película.


Sinopsis y críticas:




Tráiler de la película con la canción de Bruce Springsteen de fondo:


Lista de temas de la banda sonora:


lunes, 2 de marzo de 2009

Entrevista a Chomsky


En la edición de hoy del diario El País se publica una interesante entrevista con Noam Chomsky, una de las mentes más lúcidas de nuestro tiempo. Como siempre, Chomsky aporta elementos interesantes para la reflexión, como la evolución del papel de los medios de comunicación, la utilidad de internet, las razones de la poca difusión de sus ideas en Estados Unidos, la seducción del mundo por Obama, las personas de las que se ha rodeado para llevar a la práctica el "cambio" y los verdaderos retos que todavía se plantean en el mundo. Me imagino cuál sería su opinión sobre la reunión de hoy en Sharm el Sheik, donde los representantes de los mismos gobiernos que mostraron su pasividad ante la destrucción de Gaza por orden del gobierno israelí han decidido gastar más de 3.600 millones de € para su "reconstrucción".

Entrevista a Noam Chomsky:

Resultado de la reunión de Sharm el Sheik:

domingo, 1 de marzo de 2009

El factor humano


El periodista británico John Carlin ha trazado una crónica del fin del apartheid en Sudáfrica poniendo su centro de atención en dos aspectos fundamentales: el carisma de Nelson Mandela y la utilización del rugby como elemento de unión de todos los sudafricanos. Carlin sostiene que el carácter de Nelson Mandela fue decisivo para la transición pacífica en Sudáfrica. Es lo que denomina "el factor humano", la forma de tratar a los demás, especialmente a sus enemigos, los que le habían enviado a la cárcel a prncipios de los años 60 por defender los derechos de los negros y luchar contra el sistema racista del apartheid. Desde su confinamiento en Robben Island, Mandela se esforzó por conocer al enemigo y entender su mentalidad. Aprendió afrikaans y respondió con educación a sus guardianes para obetener de ellos un trato digno. Su objetivo era demostrarles que era un ser humano y que merecía ser tratado como tal, que se les viniese abajo la visión deshumanizadora de los negros que habitaba en sus mentes. De esta manera consiguió ganarse poco a poco a sus guardianes y después a los distintos funcionarios del régimen racista que acudieron a visitarle a la prisión y que finalmente decidieron ponerle en libertad en febrero de 1990. Mandela tuvo claro que cualquier solución para Sudáfrica debía incluir también a los blancos, sobre todo a los afrikaners (el 65% de los blancos sudafricanos, de ascendencia holandesa). Ellos también eran africanos y si el fin del apartheid devolvía los derechos a los negros, pero excluía a los blancos, la paz nunca sería posible. Esto implicaba olvidarse de la venganza y dedicarse a construir un país nuevo con el que todos pudiesen sentirse identificados. Si había algo que movilizaba a los afrikaners, era el rugby.

El rugby era el deporte nacional para los afrikaners, muy por encima de todos los demás. El equipo nacional, los Springboks (antílopes), estaba integrado casi en su totalidad por afrikaners y durante los años más duros del apartheid había sufrido el boicot internacional, gracias a la presión de activistas negros de distintos países. Este boicot dolía espcialmente a los afrikaners, pues el equipo del que se sentían orgullosos no podía competir en el exterior o, si lo hacía, sus jugadores sufrían insultos y ataques. Los negros sudafricanos consideraban a los Springboks como uno de los símbolos del apartheid y siempre apoyaban a los equipos extranjeros. Mandela vio en el rugby algo que podía acercarle a los afrikaners y al mismo tiempo que actuase como elemento unificador de rtodo el país. La oportunidad llegó en 1995, cuando Sudáfrica organizó la Copa Mundial de rugby. El objetivo era que todos los sudafricanos se sintiesen identificados con el equipo. Para ello tuvieron mucha importancia los símbolos: los del nuevo país, como la bandera amulticolor y los himnos nacionales (Die Stem, el antiguo himno afrikaner y el Nkosi Sikelele!, canción revolucionaria negra, en idioma xhosa) y otros en los que Nelson Mandela tuvo un papel destacado, como el hecho de que se colocase la gorra de los Springboks en todos los partidos del Mundial y la camiseta verde y amarilla del equipo en la final frente a los All Blacks de Nueva Zelanda. Las victorias de los Springboks y el apoyo incondicional de Mandela arrastraron a los más reticentes de uno y otro bando y les llevaron a sentirse por primera vez parte de un proyecto común. El 24 de junio de 1995 se hizo realidad el lema que los sudafricanos habían elegido para el Mundial: "Un equipo, un país". Ese día se conjuró el peligro de una guerra civil en Sudáfrica y se derribaron muchas barreras mentales. Fue un gran momento de exaltación patriótica del que muy pocos pudieron sentirse excluidos y permitió empezar a creer en una Sudáfrica en paz.

El libro de John Carlin se centra en los aspectos más emotivos de la historia del fin del apartheid y concede un valor primordial a la importancia de los símbolos y las actitudes personales en la evolución de los acontecimientos. El relato se construye a partir de entrevistas a personajes que tuvieron un papel destacado en los hechos que se narran y deja de lado aspectos importantes de la transición a la democracia en Sudáfrica, como las enormes concesiones que recibieron los antiguos funcionarios del apartheid. Pero hay que tener en cuenta que El factor humano no es un libro de historia, sino una crónica periodística en la que la fascinación del autor por la figura de Nelson Mandela incardina todo el relato. John Carlin focaliza su atención en valores que Mandela representa, como la generosidad, la confianza, la dignidad, el respeto y la reconciliación. Sin embargo, en ocasiones optar por esos valores significa tener que renunciar a hacer justicia.

Está previsto que El factor humano sea llevado al cine próximamente. La película será dirigida por Clint Eastwood y protagonizada por Morgan Freeman como Nelson Mandea y Matt Damon como François Pienaar, capitán de los Springboks.


CARLIN, John, El factor humano. Nelson Mandela y el partido que salvó a una nación, Editorial Seix Barral, Barcelona, 2009.

Reseñas del libro:



Críticas:




Entevista a John Carlin: