domingo, 15 de marzo de 2009

Un buen lugar para morir. Historias del Cáucaso


Se ha publicado en España un segundo libro del periodista polaco Wojciech Jagielski, digno heredero de Ryszard Kapuscinski. Este segundo libro se centra en la región del Cáucaso. Cuando todo el mundo tenía puestos sus ojos en las consecuencias de la caída del muro de Berlín y en las guerras que se desencadenaron en los Balcanes, Jagielski se interesó por lo que estaba sucediendo en el Cáucaso. Allí la desintegración de la URSS abrió la puerta a numerosas guerras de independencia o de reclamación de territorios que devastaron la región y de una manera o de otra continúan haciéndolo en el presente. En el prólogo del libro Jagielski intenta encontrar una explicación ante tal proliferación de pueblos que se consideran distintos y que aspiran a ocupar un mismo espacio. El complicado entorno geográfico y el hecho de que la zona sea punto de contacto entre Rusia, Turquía e Irán alentaron los sentimientos nacionalistas y el odio a los vecinos como forma de afirmar la propia identidad. Cuando el imperio soviético empezó a mostrar síntomas de debilidad, en el Cáucaso se pusieron en marcha diversos procesos independentistas, que en su mayor parte acabaron derivando en sangrientas guerras: armenios contra azeríes por el enclave de Alto Karabaj, osetios del Sur, abjasios y adzharios contra georgianos, chechenos e ingusetios contra rusos,... Una locura generalizada con miles de víctimas que sumió a una región rica en una crisis de la que todavía no se vislumbra una salida. Jagielski recorre todos los lugares donde se desató la violencia y combina los datos históricos con relatos protagonizados por personajes que le ayudaron a entender o quedarse perplejo y sin argumentos explicativos ante el devenir de los acontecimientos que presenció. Una de las historias que mejor reflejan la demencial situación del Cáucaso es ésta:


DEMENTES

Volodia me contó una vez esta historia:

En Chermen hubo una vez un manicomio. No se puede decir que fuera un hospital, sino más bien una residencia, un lugar donde ir a morir. Sólo aceptaba nuevos pacientes cuando moría alguno de los internos y dejaba un sitio libre, porque nunca se daba de alta a nadie. Los enfermos vivían en buenas condiciones. La atmósfera era tranquila y silenciosa, y el personal del manicomio (cuatro médicos, una veintena de enfermeras y enfermeros, dos cocineras y el conductor de la ambulancia) cuidaba bien a los pacientes.

El edificio había sido contruido a comienzos de los años sesenta, y en aquel momento se encontraba en la periferia de la población; después, cuando el pueblo fue creciendo, quedó situado prácticamente en el centro. Esto no era algo que molestara a nadie. La casa estaba rodead por un alto muro y los enfermos nunca salían al exterior. El manicomio y el pueblo conformaban dos mundos completamente distintos, con fronteras muy bien definidas.

Por esta razón, es probable que los pacientes no se hubieran dado cuenta de que en el pueblo ocurría algo fuera de lo normal de no ser porque los médicos, los enfermeros y enfermeras, las cocineras y el conductor huyeron un día del manicomio. Es cierto que se oían disparos al otro lado del muro y que por la noche se veía el resplandor de las casas ardiendo, pero eso parecía no extrañar a los locos y no alteraba en absoluto la tranquilidad de sus vidas, Era como si no oyeran los ecos de la matanza.

Como todo el personal médico había huido el primer día de la guerra, los enfermos tuvieron que arreglárselas sin medicinas. En cambio encontraron en los frigoríficos y en la despensa pan y embutidos, que seguramente alguien olvidó llevarse. Los enfermos menos graves preparaban los desayunos, las comidas y las cenas. Cuando se acabaron los alimentos, los internos decidieron salir al exterior. Las puertas estaban abiertas.

El pueblo se hallaba totalmente desierto. La gente se había marchado sin ni tan siquiera cerrar los corrales, atemorizados por bandas armadas de ingusetios y osetios. Se oían los mugidos de las vacas en algunos establos; llevaban varios días sin ser ordeñadas. Los locos se dieron una vuelta por las casas y se llevaron al manicomio patatas, manzanas, harina y leche. Se dividieron en varios equipos. Unos buscaban comida en el pueblo, otros recogían leña, otros llevaban a la residencia edredones, mantas y abrigos para hacer frente al frío, cada vez más penetrante. Había otro equipo que se encargaba de preparar y repartir la comida y de dividir entre todos las ropas encontradas. Por las tardes volvían a la residencia y jugaban a las cartas en el salón. Seguían oyendo tiroteos allá a lo lejos, en la dirección de Nazran, y por la noche veían resplandores desde las ventanas.

Al sexto día apareció el ejército ruso en Chermen. Volvieron a cerrar el manicomio y apostaron guardias en la entrada. Después llegaron unos médicos desde Osetia del Sur. Durante todo el día revisaron los archivos del centro, y al final dividieron a los pacientes en tres grupos. Los enfermos no sabían que el criterio seguido había sido la nacionalidad: por un lado los ingusetios, por otro los osetios, por último, los rusos y demás eslavos. Los soldados los hicieron subir en camiones militares. Los osetios fueron llevados a Vladikavkás, los rusos, a Terek y los ingusetios, a Grozni. Los pacientes no protestaron, más bien trataron con serena indulgencia a la gente del otro lado del muro, que se había presentado nuevamente en la residencia para adueñarse de sus vidas.

Los del otro lado del muro, que seguían llevando a cabo masacres, declararon que los osetios y los ingusetios no podían vivir juntos. En el Parlamento de Osetia del Norte se llegó incluso a aprobar una ley en ese sentido. Así funcionaba el mundo al otro lado del muro.

Hubo más situaciones demenciales, como el sufrimiento de la población armenia durante el bloqueo al que la sometieron Turquía y Azerbayán. Sin electricidad y sin gas, los armenios se vieron obligados a talar casi todos los árboles y quemar libros para calentarse durante los crudos inviernos. O cómo los abjasios salían a contemplar los bombardeos del ejército ruso a los georgianos como si de un espectáculo de fuegos artificiales se tratase. O la historia que da título al libro, Un buen lugar para morir. Un buen libro para los interesados por la historia reciente y por el periodismo bien hecho, el que narra los acontecimientos y trata de explicarlos sin olvidarse de las personas.

Sinopsis:


Opiniones:

No hay comentarios: