domingo, 21 de febrero de 2010

Sin palabras

A veces no hacen falta las palabras para calificar una actitud o la personalidad de un individuo. Bastan los gestos.

viernes, 12 de febrero de 2010

Lo que no se dice (y también se olvida)


Dos viñetas de Forges acerca de lo que se ha olvidado y se quiere ocultar buscando culpables ajenos y sin reconocer la propia responsabilidad en la gestión económica del país. La primera viñeta es de hoy y la segunda, del pasado martes 9.

martes, 9 de febrero de 2010

Amnesia



Ésta es otra aguda reflexión de José María Izquierdo en el diario El País  de hoy sobre la desmemoria generalizada acerca del pasado reciente. Su álter ego José K. representa a un ciudadano al que cabrean e irritan las mismas cosas que a mí. ¿Cómo vamos a pretender que se recuerde la historia, si la mayoría se olvida de casi todo? ¿Acaso puede sorprender que, en un país amnésico,  se persiga a quienes intentar sacar a la luz los crímenes del pasado mientras los responsables quedan impunes? En absoluto. Resulta totalmente coherente con el contexto que nos rodea.



NO ME ACUERDO DEL TÍTULO
JOSÉ MARÍA IZQUIERDO

Ha decidido José K. aprovechar estas grandes rebajas que tanto anuncian y se ha arrimado al más principal de los colmados, sección de papelería. Le ha llevado al desembolso su recién multiplicada capacidad de cavilar mientras estira sus ya deterioradas piernas. Ha entendido que necesita anotar, apuntalar algún propósito que le asalta, una idea que le baila, una cogitación que le atormenta, porque no quiere convertirse en otro desmemoriado más. Y es que a cada semana que pasa ve, herido y encolerizado, cómo se escapa la memoria de todos aquellos a los que mira. Podría describir la estela lechosa que se desprende de la cabeza de sus congéneres, y despacio, muy despacio, sube hacia el infinito en columnas serpenteantes.

Le pasa a nuestro hombre con el verbeneo de banqueros y otros genios de las finanzas, con tantos jueces y magistrados estrafalarios, con la numerosa jarca de políticos de uno y otro signo -trabajosa distinción en ocasiones-, pero también con el público en general. Nadie se acuerda de nada, todos se olvidan de todo. Las otrora ideas fuerza de la convivencia se licúan, primero, se vaporizan después. Es ésta la gran época del triunfo del disimulo, la expansión de la bigardía y la exaltación de la socapa.

José K. deposita su libretita de espiral en la mesa del café y repasa pausadamente su periódico. Al leer una vez más la última página decide que de hoy no pasa y estrena su cuadernillo con una notita que piensa enviar al mandamás del papel: "Señor director: Diga a sus redactores que hagan el favor de no atosigar a los entrevistados, casi todos ellos unas almas desprendidas y ascéticas que conviven con lejanas miserias, para que se embutan varios platos de jamón curado, gambas a la plancha, flores de calabacín en tempura y risottos con trufa". José K. sufre viendo al cooperante de turno, recién llegado de una leprosería de la India, cómo paladea los manjares con el corazón carcomido por su traición al inocente Saakaar o al enflaquecido Vajrapani.

Regresa nuestro hombre a la desmemoria y comienza por sus favoritos: los trabacuentas. Ahí están los gerifaltes de las gigantescas firmas yanquis, que estos días comparecen en una pomposa Comisión de Investigación de la Crisis Financiera del Congreso estadounidense. Los cómites de Goldman Sachs, JP Morgan, Morgan Stanley o Bank of America se dignaron reconocer "algún error". Cabreado, muy cabreado, nuestro hombre se pregunta: ¿Sólo eso, cuando fueron ellos los causantes de que millones de familias hayan perdido su casa, sus ahorros, su trabajo? ¿Admiten alguna pequeña falta y se siguen embolsando los cientos de millones en sueldos y primas? ¿Es un exceso que, ante la chulería de estos baladrones, flor y nata de los cuatreros, alguien quiera apretarles las tuercas, llevarles a la cárcel, romperles la crisma? ¿Aplaudimos, festejamos, loamos los 80 millones de euros de pensión (13.300 millones de pesetas) con los que tendrá que subsistir el pobre Francisco González?

Ya metido en harina patria, quiere recordar José K. el muy citado caso del desmemoriado paciente H. M. de la neuropsicóloga Brenda Milner. El pobre H. M. era incapaz de mantener los recuerdos. Milner, que estudió su caso durante 40 años, tenía que presentarse ante H. M. cada día que le visitaba, porque el paciente no la reconocía. Vaya usted a saber por qué, pero últimamente José K. se acuerda de H. M. cada vez que ve a Zapatero e imagina la escena, jornada tras jornada, en su despacho de La Moncloa. Lunes: "Buenas, soy José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente del Gobierno"; "Buenas", dice Elena Salgado, "yo soy la vicepresidenta económica". "Encantado. Pues si yo soy el presidente y usted la vicepresidenta económica, tendremos que hacer un plan económico, porque me han dicho que hay una crisis. Hoy toca economía sostenible". Martes: "Buenas, soy el presidente, etcétera"; "Buenas, yo soy la vicepresidenta, etcétera". "Encantado. Pues si yo, etcétera, hoy vamos de pagar al jornalero, pero le retrasamos la jubilación, que de eso nada se dice en el Deuteronomio". Miércoles: "Buenas, soy el etcétera". "Buenas, yo soy la etcétera. Y hoy vengo con el ministro de Industria, que es muy ocurrente". "Encantado de conocerles a los dos. Tendremos que hacer un plan económico porque hay una crisis...".

¿Quizá tienen mejor cabeza, más capacidad de remembranza los líderes de la oposición? ¿Estos ladinos que se carcajean del respetable con manuales de buenas prácticas mientras les llueven altos cargos que se han embolsado billetadas a manos llenas? ¿Alguien es capaz de recordar las veces que estos ilusionistas han proclamado su giro al centro? Pierden la memoria por el camino, y a la menor oportunidad vuelven a agitar los fantasmas de la xenofobia o la cadena perpetua (¿o hablan de la pena de muerte?). Un día abunda en el olvido la sencilla Cospedal, otros, gandayas como Arenas o Trillo, e incluso, líbrenos el señor, puede entrar en liza la deslenguada Aguirre cortando el gaznate a los hijos de puta que ¡ay! la asedian. Todo menos aportar soluciones.

Pero lo que de verdad encrespa y enfurece a José K. hasta la apoplejía es ver el general conjunto de una sociedad que parece haber caído en manos de los perversos lotófagos, y sin un Ulises salvador hubieran logrado la total desmemoria colectiva. No se responsabiliza a nadie de nada. Nos limitamos a arrojar tantas y tantas afrentas a los "agujeros de la memoria" de Orwell, aquellas hendiduras "grandes y oblongas". Un escotoma negativo histórico, político, cultural que no perciben los ciudadanos que lo padecen, y que afecta tanto a la memoria larga -ahí tienen al juez Baltasar Garzón, empapelado por acordarse de la Guerra Civil, a quién se le ocurre- como a la corta: la tontería de ayer, el robo de esta mañana, la injusticia de esta tarde.

Sólo así se entiende que encabecen las encuestas del CIS partidos que mantienen en sus cargos y en sus listas a reconocidos butroneros, espadistas y manilargos, recaudadores de tantas "finecillas de oncejas" (Larra). Parece inútil la honestidad, e incluso todo aquel que no acredite la categoría de bribón arranca con una pesada carga a sus espaldas para convencer al respetable de que honradez no es un seudónimo de estulticia.

Pero José K. conoce más historias clínicas, como la del ruso Alexander Luria y el caso Shereshevski. Al igual que al memorioso Funes de Borges, al paciente de Luria no se le olvidaba nada: recordaba absolutamente todo. Simplemente, y ése era su castigo, no podía olvidar. A José K. le pasa algo similar: se acuerda de cada una de las trabillas italianas de los trajes de Camps; siente en los dedos la suavidad de la lana australiana de sus trajes y en los ojos los amaneceres de la Polinesia que disfrutó el dirigente madrileño con los pagos del Bigotes; incluso disfruta de los muebles de diseño que tenía Jaume Matas en su palacete. Pero conoce, también, la mañana, tarde y noche de cada una de las ancianas que Esperanza Aguirre no atiende por dar largas a la Ley de Dependencia y no olvida ni uno de los minutos que va a sufrir el paleta al que le van a dejar hasta los 67 en el paro o en el andamio.

Periódico bajo el brazo y libretita en el bolsillo, José K. recuerda un poema del revisitado Jaime Gil de Biedma. Confiado en que Marsé no le rete a garrote, se autorrecita la Noche triste de octubre, 1959: "Adelantaron / las lluvias, y el Gobierno / reunido en Consejo de Ministros / no se sabe si estudia a estas horas / el subsidio de paro / o el derecho de despido / o si sencillamente, aislado en un océano, / se limita a esperar que la tormenta pase / y llegue el día, el día en que, por fin, / las cosas dejen de venir mal dadas".

Intenta nombrar José K. a cada uno de los ministros, pero ni Shereshevski podría recordarlos a todos.

lunes, 8 de febrero de 2010

¿Problema de comunicación o de fondo?



En vista de la conducta errática del gobierno español, no cabe duda de que el problema no es sólo de comunicación, de expresión de ideas, sino más bien la falta de ideas.  A este respecto, hace unos días se publicó en el diario El País un interesante análisis de MIguel Jiménez, en el que se compara la política del gobierno con los altibajos del Atlético de Madrid.

DISPARARSE EN LOS PIES
MIGUEL JIMÉNEZ

Escribo estas líneas antes de irme -si acabo a tiempo- a ver la semifinal de Copa entre el Atlético de Madrid y el Racing de Santander. Sí, soy del Atleti, y éste no está siendo un buen año, pero la Copa aún nos deja un rayo de esperanza si, como dijo el entrenador, Quique Sánchez Flores, "dejamos de pegarnos algún tiro que otro en el pie" en cada partido. El presidente del Ejecutivo, José Luis Rodríguez Zapatero, es del Barça y el fútbol le está dando bastantes más alegrías que a mí. Sin embargo, el Ejecutivo que preside parece empeñado en regatear en el área, como Assunção en el partido contra el Recre, o regalarle balones al contrario cerca de la portería, como Perea en casi todos los encuentros de esta temporada.

Zapatero se disparó en el pie cuando intervino en el Foro de Davos en compañía del primer ministro griego, Giorgios Papandreu, y el presidente de Letonia, Valdis Zatlers, en una sesión sobre el deterioro de las finanzas públicas de los países de la eurozona, con el presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, escenificando el papel del maestro y los malos alumnos. Es cierto que hubo mala suerte y se ausentaron otros de los dirigentes que iban a acudir a esa misma mesa, pero en su calidad de presidente de turno de la Unión Europea podía haber exigido una presencia más lucida y alguien le debía haber recomendado que con Papandreu no se cruzase ni por los pasillos. Hombre, es peor que el comisario Almunia cite a España y Grecia como países que padecen problemas comunes, pero que Trichet diga que "Grecia no es Finlandia y España no es Alemania" tampoco es que ayude mucho.



El Gobierno se ha marcado un gol en propia meta al presentar su Plan de Estabilidad en Bruselas. Del documento que debía restaurar la credibilidad en las finanzas públicas españolas, al final, lo que ha quedado en la retina es que el Gobierno ha retirado en un visto y no visto su objetivo de reducir en cuatro puntos del PIB el gasto en pensiones, un objetivo que se lograría retrasando en dos años la edad legal de jubilación y ampliando en una década el periodo de cómputo de la pensión. La insólita rectificación y la polvareda levantada no ha sido suficiente, con todo, para que la vicepresidenta primera, María Teresa Fernández de la Vega, uno de los miembros más valorados del Ejecutivo, se entere de lo que dice el documento. Ayer aseguró que el Gobierno "ni ha contemplado ni contempla la ampliación de los años de cotización para establecer el cómputo de las pensiones", cuando eso es justo lo contrario de lo que dice la versión inicial y la revisada del documento o de lo que la otra vicepresidenta dijo, a su lado, en la rueda de prensa del pasado viernes tras el Consejo de Ministros.


El manejo de la subida de impuestos, el cementerio nuclear o la frustrada visita de Obama son otros ejemplos en que miembros del Gobierno se han quedado en fuera de juego. El presidente del Santander dijo ayer que comparar España con Grecia es como comparar al Real Madrid con el Alcoyano. Menos mal que no dijo Alcorcón. A mí, en todo caso, me recuerda más al Atleti.

domingo, 7 de febrero de 2010

Up in the air


Éste es el último trabajo estrenado en España del cineasta Jason Reitman, más conocido por su trabajo como director de Juno, una de las películas independientes más aclamadas de los ultimos años. En esta ocasión Reitman contó con un presupuesto mayor y con George Clooney, uno de los actores con más tirón en la taquilla, como protagonista. Up in the air (En las alturas) cuenta la historia de un tiburón cuyo trabajo consiste en recorrer EEUU despidiendo empleados en nombre de directivos que no quieren hacerlo personalmente. Ryan Bingham, el personaje que interpreta George Clooney, se ha creado una vida sin ataduras, entre aeropuerto y aeropuerto, de hotel en hotel y lleva un estilo de vida coherente con su percepción del mundo: soledad buscada, relaciones superficiales, huida de cualquier compromiso,... Arriba, en el aire, en tránsito permanente, manteniendo la distancia con los problemas y con las personas con las que se relaciona, es donde Bingham se siente más a gusto. Sin embargo, sus convicciones se tambalean cuando entran en su vida dos mujeres muy distintas entre sí y cuando sus hermanas reclaman su presencia con ocasión de una celebración familiar. Aparte de la historia central, Up in the air tiene también interés por otros aspectos: el  papel de los nuevos medios de comunicación como internet o los teléfonos móviles en las relaciones sociales, las nuevas estrategias de las empresas para deshacerse de sus empleados, la hipocresía en el trato con los demás,... Quizás George Clooney resulta demasiado encantador para el tipo al que representa, pero su interpretación es notable. Sus compañeras de reparto, Anna Kendrick y Vera Farmiga, no desentonan. Los tres han sido nominados en distintas categorías para la próxima edición de los Óscars.

Sinopsis y críticas:

http://www.elseptimoarte.net/peliculas/up-in-the-air-2126.html

http://www.criticscinema.com/criticas/peliculas/Up_In_The_Air.shtml

http://www.fotogramas.es/Peliculas/Up-in-the-air/Critica

http://www.elpais.com/articulo/cine/confortable/soledad/tiburon/elpepuculcin/20100122elpepicin_1/Tes

Entrevistas con el director:

http://www.elpais.com/articulo/cine/Historia/cazador/cazado/elpepuculcin/20100122elpepicin_2/Tes

http://www.decine21.com/entrevistas/Jason-Reitman-21012010

http://www.sensacine.com/article/fichearticle_gen_carticle=18493645.html

sábado, 6 de febrero de 2010

Capitalismo. Una historia de amor


La última película de Michael Moore es un análisis del sistema capitalista centrado en EEUU, la crisis económica iniciada en 2007 y sus consecuencias. Como es habitual en las películas de Michael Moore, el director parte de una premisa que se propone demostrar y a lo largo del metraje va aportando pruebas reales que confirman su planteamiento. Moore utiliza armas ya empleadas en sus anteriores trabajos, como el humor, el populismo, escandalosas historias reales que demuestran la desvergüenza de los poderosos y los pocos escrúpulos de quienes buscan hacerse ricos a toda costa y su ciudad natal, Flint, y el estado de Michigan como ejemplo de lo que ocurre a lo largo de todo el país. El cineasta recorre Estados Unidos levantando acta de las consecuencias de la avaricia de los especuladores: familias desahuciadas, quiebra de bancos, volatilización de inversiones, prácticas deleznables de compañías de seguros, despidos masivos de empleados en empresas rentables, desmantelamiento del tejido productivo del país, engorde de las cuentas de los directivos y consejeros con bonos millonarios, ... Moore repasa la historia reciente de EEUU y encuentra el comienzo de la oleada neoliberal que arrasó con todo en la era Reagan, cuando consejeros de grandes empresas entraron a formar parte del gobierno y legislaron o dejaron de hacerlo en función de sus propios intereses. También vuelve la vista más atrás y aporta un documento histórico bastante desconocido del periodo de gobierno de Franklin D. Roosevelt: una alocución del presidente de 1944 en la que se proponía una nueva declaración de derechos (Bill of Rights), en la que se incluyesen como inalienables derechos de carácter social y económico. Aquello quedó en el olvido y los frutos de esa marginación se han recogido en abundancia en los últimos años. Michael Moore aboga por el activismo y por la lucha por aquello que se considera justo. Su película se corresponde una vez más con un instrumento de agitación de conciencias, que algunos consideran panfletario en las formas, pero al que no se le puede poner ninguna pega respecto al fondo. La película se terminó en los primeros meses del mandato de Barack Obama, a quien Moore contempla como esperanza. Pero los hechos han venido a demostrar que buena parte del discurso de Obama es mera retórica y que resultará muy difícil transformar un sistema en el que los órganos legisladores, el Congreso y el Senado, se encuentran en su mayor parte en manos de representantes de las grandes corporaciones financieras. Por ello, Capitalismo. Una historia de amor es una película necesaria. Michael Moore podría encontrar sin ninguna dificultad miles de historias más para una segunda parte. Y no sólo en EEUU.

Sinopsis y críticas:





Entrevista a Michael Moore:


El segundo Bill of Rights:


lunes, 1 de febrero de 2010

Aunque no lo digan, lo piensan


La viñeta de El Roto del pasado sábado resume el espíritu de la medida de retrasar la edad de jubilación de los trabajadores. Con el pretexto del aumento de la esperanza de vida y la consiguiente reducción de la población activa, se arguye que la Seguridad Social entrará en números rojos en los próximos años y que la única forma de sostener el sistema es que los trabajadores trabajen más años. Hay otras soluciones, que no se contemplan, como aumentar la población activa permitiendo la entrada de más inmigrantes o regularizar la situación de los que trabajan en la economía sumergida. Los responsables de las cuentas públicas parecen estar en la misma onda que los protagonistas de la viñeta: a la espera de que muchos mueran antes de poder cobrar sus, por otra parte, exiguas pensiones.