domingo, 18 de julio de 2010

La cueva



La aparente simplicidad de la viñeta de ayer de El Roto encierra una de las más lúcidas reflexiones sobre las naciones y las patrias. De donde todos venimos es de las profundidades de las cuevas prehistóricas. Lo demás son invenciones con fines diversos. La razón debería servir para encontrar soluciones a conflictos inventados por  los seres humanos. Y esto vale tanto para los nacionalistas vocingleros como para los nacionalistas plañideros. 

lunes, 12 de julio de 2010

Un equipo




Nunca se debe olvidar que el fútbol es un deporte colectivo. Por una vez ganó un equipo, que apostó por la victoria sin especulaciones. Ése es el mejor legado deportivo. Lo demás ( la "comunión nacional y la euforia)  es efímero. Felicidades, campeones.

domingo, 11 de julio de 2010

En la cabeza




La viñeta de Padylla es muy esclarecedora sobre el papel del fútbol y su entorno como vía de escape de la realidad cotidiana. En los últimos días se ha añadido también toda una retórica patriótica, adornada por doquier con el calificativo de histórica. Los medios de comunicación han rivalizado en forofismo, llenando páginas y minutos de televisión y de radio con pasiones exaltadas, pulpos y colores de moda. De lo hasta ahora ha sucedido y de lo que está por venir, me quedo con unas cuantas cosas: el fútbol es sólo un juego, la selección española ha jugado bien, fiel a un estilo forjado por otros, pero asimilado con humildad e inteligencia y da gusto tener un seleccionador tan sabio, educado y respetuoso como Del Bosque. Eso es lo que quedará en mi cabeza. Que gane el mejor.

Artículo de Ramón Besa sobre la influencia de Johan Cruyff en el juego de la selección: 


Interesante reflexión de Josep Ramoneda sobre el curioso papel del fútbol la "construcción" de identidades colectivas: 

jueves, 8 de julio de 2010

El crash de la información

Max Otte es un economista alemán  que en 2006 publicó ¡Que viene la crisis!, un libro en el que pronosticaba el estallido de la burbuja financiera que se produjo dos años después. Su análisis  del funcionamiento de la economía mundial es, por tanto, digno de ser tenido en cuenta. En El crash de la información Max Otte revisa los mecanismos de la economía de mercado y sus conclusiones dibujan un panorama bastante similar a una reedición del sistema feudal de la Edad Media. Otte califica el sistema económico actual como hipercapitalismo, capitalismo absoluto o capitalismo de casino y describe cómo el control de la información se ha convertido en el elemento fundamental que separa a los privilegiados del resto de los mortales. Los nuevos señores feudales dominan la información y la utilizan en su propio beneficio: los especuladores, los que controlan las altas finanzas manejan información privilegiada y contribuyen decisivamente a la desinformación del resto con vocabularios abstrusos, letras pequeñas al pie de los contratos y manipulaciones interesadas de cifras. Otte proporciona numerosos ejemplos de los mecanismos de la desinformación, la mayoría extraídos del contexto alemán, pero fácilmente extrapolables a cualquier otro país. Por ejemplo, se analizan el etiquetado de productos alimenticios, la jungla tarifaria de las compañías de telecomunicaciones, la estrategia de ventas de Ikea, los estragos causados por la privatización de los ferrocarriles o los servicios postales… También se explican las causas directas de la crisis de 2008: la política de bajos intereses impulsada por la Reserva Federal de EEUU desde finales de 2001, el papel de la psicología y las aspiraciones sociales de los estadounidenses en la fiebre inmobiliaria que vivió el país, la “fabricación” de complicados productos financieros (titulización de hipotecas, derivados…) y, por encima de todo, la debilidad de los Estados ante los ataques de los especuladores. Otte considera que el hipercapitalismo ha socavado el poder de los Estados como garantes del bien común y aboga por una economía social de mercado como alternativa, en la que los Estados recuperen su papel moderador y redistribuidor de riqueza.

Algunas de las aportaciones más interesantes de El crash de la información se refieren a tendencias que se han convertido en dominantes en los últimos años:

-         La “macdonalización” de la sociedad, es decir, la proliferación de trabajos precarios, eventuales o a tiempo parcial, que requieren muy escasa cualificación, en los que el trabajador debe limitarse a seguir un manual al pie de la letra y evitar cualquier veleidad creativa.

-         El fomento de los conocimientos puramente técnicos y la proliferación de lo tecnológico en detrimento de la formación humanística. Con el relegamiento de las disciplinas humanísticas, como la filosofía, la literatura, el arte o la historia, se priva a la gente del contexto fundamental para comprender el mundo.

-         La excesiva matematización de la ciencia económica y la proliferación de modelos explicativos teóricos en detrimento del análisis histórico. Los economistas que recurren a la historia para tratar de explicar fenómenos aparentemente complejos son una minoría.

-         La “wikización” de los medios de comunicación, es decir, el predominio de una gran cantidad de información que se produce y obtiene de forma gratuita, no profesional y no se somete a controles de calidad porque la inmediatez  ha pasado a ser el objetivo prioritario. El autor señala que la irrupción de internet en el mundo de la información ha transformado la libertad de prensa en una anarquía de prensa.

-         El “politicamiento” o la hibridación entre política y entretenimiento: los políticos renuncian a argumentar, reducen sus mensajes a eslóganes contundentes y multiplican sus apariciones en los medios. Los periodistas renuncian a preguntar y se limitan a ejercer como moderadores en supuestos programas de debate o como copistas en las ruedas de prensa o comparecencias de políticos.

Todas estas tendencias contribuyen, según Otte, al atontamiento general y refuerzan la desinformación de la mayoría en beneficio de una minoría. Otte aboga por un retorno a los valores de la Ilustración: la crítica, el comportamiento ético y responsable, la búsqueda del bien común por encima del egoísmo individual y un Estado fuerte, pero controlado democráticamente y con vocación social.
El epílogo del libro incluye una serie de consejos para tratar de escapar al marasmo de la desinformación y conseguir mayor autonomía informativa: leer libros para entender, seleccionar las fuentes de información, no dejarse arrastrar por las modas, dónde invertir para no perder dinero… En este sentido,  El crash de la información es un  instrumento imprescindible para el conocimiento del mundo actual. 





OTTE, Max, El crash de la información. Los mecanismos de la desinformación cotidiana, Editorial Ariel, Barcelona, 2010.


Sinopsis: 


http://www.planetadelibros.com/el-crash-de-la-informacion-libro-39802.html

viernes, 2 de julio de 2010

El enemigo es otro



La reciente huelga del metro de Madrid ha vuelto a poner de manifiesto una tendencia creciente: la demonización de un grupo de trabajadores por parte de sus iguales. Ya pasó cuando el gobierno decidió bajar el sueldo a los funcionarios. En muchos medios de comunicación y tribunas de opinión se aplaudió la medida y se escribieron miles de líneas denostando a los funcionarios, metiéndolos a todos en el mismo saco y vertiendo toda clase de descalficaciones contra los representantes sindicales por protestar. El sistema económico y la difuminación de las ideologías nos han llevado al punto de considerar enemigos a los que son compañeros de infortunios y a defender las posiciones de quienes nunca se preocuparán de los intereses colectivos, sino exclusivamente de los suyos propios. Sobre ese asunto el filósofo Manuel Cruz escribió ayer una interesante reflexión en el diario El País. 

La viñeta de El Roto fue publicada el 16 de abril de 2007


POR FAVOR, NO SE ME CONFUNDAN DE ENEMIGO
MANUEL CRUZ


Supongo que debe haber sido mi sufrida condición de funcionario la que me ha hecho particularmente sensible a un cierto tipo de comentarios. En todo caso, bienvenido sea el detonante si sirve para pensar en asuntos que a todos conciernen. Uno de ellos, particularmente importante a mi juicio, es la generalización de determinados tópicos en sectores que en principio deberían sentirse muy alejados de ellos. Con otras palabras: tengo la sensación de que sectores populares parecen hacer suyas banderas que no les corresponderían, interiorizando reivindicaciones y críticas propias de otros sectores.

Es el caso, por el que empezaba este artículo, de una extendida actitud hacia los funcionarios, tomados como objeto de todo tipo de diatribas precisamente por aquellos que más los necesitan y más recurren a sus servicios. Como acertadamente recordaba Santos Juliá hace algunas semanas en estas mismas páginas, casi la mitad de los funcionarios de este país desarrollan su actividad en los diferentes niveles del sistema educativo, de infantil a universitario, y en las instituciones sanitarias del Sistema Nacional de Salud, estando otro contingente muy importante formado por militares, policías y guardias civiles, o sea, personal de las Fuerzas Armadas y de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, a los que es preciso añadir el personal adscrito a la Administración de Justicia y a los centros penitenciarios y las policías locales y autonómicas. En definitiva, un personal absolutamente necesario para el funcionamiento de cualquier sociedad y que en ningún caso se identifica con la malintencionada imagen del oficinista ocioso y absentista que, cuando por fin acude a su puesto de trabajo, se sacude de encima la faena a las primeras de cambio echando mano del socorrido "vuelva usted mañana".

Análogo desenfoque parece estar sucediendo con los sindicatos, enemigos de clasetradicionales de la patronal, que ahora tienden a verse denostados desde los mismos sectores populares que, también en esto, hacen suyos los argumentos que no parecen corresponderles. No seré yo quien haga un elogio desatado de las organizaciones sindicales, ni quien obvie que en ellas pueden darse casos -incluso flagrantes, so pretexto de la profesionali-zación- de burocratismo o, lo más grave, de atención preferente a determinados sectores de trabajadores (lo que antaño se llamaba aristocracia obrera) en perjuicio de nuevos sectores damnificados (inmigración, juventud, parados...). Pero algo convendría no olvidar, sobre todo a la vista del cariz, cada vez más duro, que han ido tomando los acontecimientos: con todos sus defectos y errores, han sido las organizaciones sindicalesquienes han asumido, en algún caso en clamorosa soledad, la defensa de los intereses de los trabajadores frente a sectores que están dando sobradas pruebas de una avidez y una codicia sin límites.

Era precisamente un sindicalista, el secretario general de CC OO en Cataluña, Joan Carles Gallego, quien, en un artículo periodístico reciente, proporcionaba el dato: con la rebaja que ha efectuado la Generalitat de Cataluña en el impuesto de sucesiones había dejado de recaudar 540 millones de euros, mientras que con el recorte del sueldo a los funcionarios tan solo se iba a ahorrar 200. A nadie, en cambio, se le ha ocurrido plantear la reconsideración de estas medidas, quizá porque aquellos a quienes les correspondería hacerlo debieron creerse en su momento el solemne dictamen doctrinal del presidente del Gobierno afirmando que bajar impuestos es de izquierdas, dictamen ahora vuelto del revés como un calcetín.

Sin duda, ese cambio de banderas al que me refería al empezar el artículo tiene que ver con el deterioro, cuando no el abandono, de las propias. Del estado de confusión en el que parece sumida la socialdemocracia, reclamando día sí día también la necesidad del retorno de la política, pero sin especificar qué demonios haría con ella en caso de que tal retorno se produjera, para qué hablar. ¿Y qué decir de su izquierda? En momentos como el actual parece revelarse el carácter artificioso, impostado, por no decir oportunista, de muchas presuntas reconversiones ideológicas. Sin duda, para algunos debió resultar muy atractiva la transversalidad que ofrecían, por ejemplo, los discursos ecologistas (sobre todo cuando las tradicionales bases obreras menguaban a gran velocidad), pero en tiempos de crisis, en el que las urgencias más inmediatas pasan por delante, en el que la desesperación se extiende por doquier, uno no puede dejar de pensar que buena parte de aquellos discursos y sus reivindicaciones parecían diseñados para épocas de abundancia, y que seguir manteniéndolos tal cual, con la que está cayendo (y con los que han caído) a muchos les puede sonar a frivolidad insufrible.

Pero ninguno de los argumentos anteriores -o incluso otros mejores en la misma línea que se pudieran ofrecer- hace buena, ni menos aún legitima, la confusión de enemigo. Se diría que, insaciables en todo, quienes han conseguido imponer sus directrices en el terreno de la economía o de la política (obligando a la izquierda a tomar medidas que hasta ayer mismo juraba que jamás tomaría), también aspiran a la hegemonía en materia de ideas y actitudes. Parecen estar obteniéndola. Durante la época de vacas gordas, consiguieron imponer su modelo hipercompetitivo, hicieron creer a los menos favorecidos que el ascensor social estaba perfectamente engrasado y que el mercado no solo se encargaba de ordenarlo todo, sino que terminaría encumbrando a los mejores, sin hacer distingos por su extracción de clase. Ahora estamos viendo los frutos de aquel espejismo: quienes, por su posición en la sociedad, deberían ser decididamente solidarios (¿tan poca memoria deja venir de pobre?) se han convertido en ferozmente rencorosos, asumiendo, en cruel paradoja, los argumentos de quienes precisamente les han conducido a la lamentable situación en la que ahora se encuentran.

En definitiva, quizá, como le hacía decir El Roto al personaje de una de sus impagables viñetas, ya no haya derecha e izquierda, pero de lo que no hay la menor duda es de que continúa habiendo arriba y abajo. De ahí la súplica que daba título al presente artículo: por favor, no se me confundan de enemigo.